¿Puede una selección pequeña en población pero enorme en tradición seguir compitiendo con las potencias globales del fútbol sin traicionar su estilo? Uruguay debuta este lunes en el Mundial de 2026 ante Arabia Saudí en Miami, y la pregunta no es menor. El fútbol sudamericano, esa “res publica” deportiva que alguna vez dominó el planeta, hace tiempo que navega entre la nostalgia de sus glorias y la urgencia de modernizarse sin disolver su alma.
Marcelo Bielsa, el entrenador que asumió la dirección de la Celeste, representa una elección filosófica antes que táctica. Bielsa es, en el sentido que le daría Karl Popper, un falsificacionista: prueba hipótesis en el campo, ajusta, descarta lo que no funciona. Su método exige jugadores con disciplina colectiva y libertad individual simultáneas, una combinación que Tocqueville habría reconocido como el nervio de las sociedades abiertas. El desafío es que Uruguay, con tres millones de habitantes, debe formar once titulares competitivos mientras Brasil y Argentina disponen de reservorios demográficos diez o quince veces mayores.
La elección del rival inaugural no es anodina. Arabia Saudí encarna el modelo que inquieta al fútbol tradicional: inversión estatal masiva, ligas compradas, proyectos a largo plazo financiados con recursos soberanos. No es el comunismo del deporte, pero tampoco es el liberalismo clásico del club de barrio. Es algo nuevo, híbrido, que desafía las reglas de competencia que Uruguay entendió durante un siglo. La Celeste ganó sus dos mundiales —1930 y 1950— cuando el fútbol era, mutatis mutandis, un juego de naciones más que de mercados globales.
El Hard Rock Stadium de Miami, escenario del encuentro, simboliza esta condición. No es Montevideo ni Buenos Aires; es una ciudad-estado del capitalismo deportivo donde los aficionados compran identidades como quien adquiere un bono. Bielsa deberá armar un equipo que juegue como si estuviera en el Centenario, aunque el estadio sea alquilado y la transmisión, propiedad de conglomerados internacionales. La tensión entre lugar y no-lugar es, en sí misma, una metáfora de la época.
Los colombianos debemos observar este debut con atención distante pero rigurosa. Nuestra selección no está en este Mundial, otra vez, y la ausencia obliga a pensar. Uruguay y Colombia comparten una paradoja: países de fútbol apasionado, con tradiciones sólidas, que no logran establecer sistemas institucionales estables de formación y competencia. La diferencia es que Uruguay, al menos, mantiene una identidad de juego reconocible. La nuestra, desde los noventa, oscila entre el individualismo brillante y el desorden colectivo, sin arribar a síntesis duradera.
Bielsa podría ser el antídoto contra la dispersión, pero también su víctima. Si la Celeste fracasa, dirán que su rigor filosófico no resistió la presión del resultado inmediato. Si triunfa, se dirá que el método importa más que el talento individual. Ambas lecturas serán simplificaciones, claro. Lo cierto es que el debut contra Arabia Saudí no decidirá nada definitivo, pero establecerá el tono. Una victoria autoritaria generará confianza sistémica; un empate o derrota, la sospecha habitual que corroe a quienes creen que el fútbol debe pensarse antes de jugarse.
El cierre de esta columna no puede ser optimista ni pesimista programático. Solo cabe recordar que Hannah Arendt, en otro contexto, distinguía entre el trabajo que produce objetos duraderos y el labor que se consume en la acción misma. El fútbol de selecciones es, en ese sentido, puro labor: cada partido se juega una vez, cada generación debe reconstruir la tradición. Uruguay debuta hoy, y con él debuta una pregunta que no se resuelve en noventa minutos.