¿Es posible que una Copa del Mundo se resuelva, para algunos, antes de lo que la ceremonia inaugural sugiere? La pregunta no es retórica. Cuando República Checa y Sudáfrica se enfrenten en Atlanta, ambas habrán consumido ya una de las tres balas que el formato actual concede. La derrota inaugural —2-1 para los checos, 2-0 para los africanos— no es un contratiempo administrable; es una condena que exige revisión inmediata. Y aquí aparece el verdadero rostro del torneo contemporáneo: no el de la epopeya colectiva, sino el del cálculo desesperado de quienes temen partir antes de haber llegado.
Los checos llegaron a Estados Unidos con una racha de seis victorias consecutivas, ese tipo de constancia que en el fútbol moderno se confunde con destino. El destino, sin embargo, se burló en el debut. Ahora deben apelar a una estadística que suena a consuelo de tesis: siete de sus últimos catorce goles mundialistas surgieron del juego aéreo. La cabeza como último recurso de una tradición que, en 1954 y 1970, conoció el doble descalabro inicial y no sobrevivió. La historia, dicen, juega a favor; pero la historia también advierte. La memoria de la Checoslovaquia de Pelé, de Nehoda y Masný, de ese subcampeonato de 1962 que hoy lee como ficción histórica, no alcanza para inspirar a quienes nacieron en una república distinta, con himno distinto, con herencia fragmentada.
Sudáfrica, por su parte, arrastra una sequía de seis partidos sin ganar y la humillación particular de dos expulsiones contra México. Hugo Broos, técnico de la veteranía europea aplicada al contexto africano, sabe que el fútbol no perdona la indisciplina cuando el talento escasea. Los sudafricanos pueden, eso sí, invocar un recuerdo que los coloca en la tradición del milagro: la victoria 2-1 sobre Francia en 2010, en su propio torneo, cuando el mundo esperaba otra cosa y ellos se negaron a ser simples anfitriones decorativos. Pero ese recuerdo dista tanto en el tiempo —dieciséis años, una generación futbolística— que más que fuelle parece sepulcro. La Francia de Domenech no es la Francia de Deschamps; la Sudáfrica de 2010 no es esta.
Aquí conviene recordar lo que Tocqueville observaba sobre las democracias: su tendencia a la mediocridad segura, al temor de arriesgar que paraliza la excelencia. El fútbol de grupos en el Mundial reproduce, mutatis mutandis, esa lógica. El empate calculado, el no perder como objetivo primero, la eliminación que se conjura con el empate miserable. Pero cuando dos equipos llegan con cero puntos, el empate mata a ambos. La obligación de ganar, que debería liberar, en el fútbol contemporáneo suele aprisionar. Se juega para no errar, y en esa cautela se erra lo esencial.
La pregunta que subyace, y que esta columna no resuelve, es si el formato actual —cuarenta y ocho equipos, doce grupos de cuatro, los terceros como posibles salvados— ha diluido la tragedia del primer encuentro o solo la ha postergado. Para Chequia y Sudáfrica, la tragedia es ahora. El segundo partido como instancia de definición anticipada contradice la retórica oficial del torneo, que habla de meses de preparación, de procesos, de proyectos. El proyecto checo de seis victorias consecutivas se desvaneció en noventa minutos. El proyecto sudafricano de estabilidad bajo Broos se resquebrajó con dos tarjetas rojas.
Quizás el fútbol, como la política que tanto le gusta emular, ha aprendido a gestionar la apariencia de competencia sin entregar necesariamente su drama genuino. Los octavos de final esperan; pero para estos dos, el camino se estrecha hasta lo asfixiante. El que pierda en Atlanta quedará, salvo catástrofe matemática, eliminado antes de que el torneo haya verdaderamente comenzado para él. El que empate, probablemente condenado a una agonía de calculadora. Solo el que gane podrá permitirse la ilusión, y aun así dependerá de terceros.
Hannah Arendt escribía sobre la banalidad del mal; en el fútbol de grupos contemporáneo asistimos, quizás, a la banalidad de la eliminación. No hay épica en partir con dos derrotas. Hay solo la administración de una frustración que el formato multiplicado intenta ocultar pero no puede evitar. Chequia y Sudáfrica juegan, pues, por algo más que tres puntos. Juegan por la posibilidad misma de que su participación signifique algo más que estadística. Y en esa urgencia, paradójicamente, puede haber un fútbol más honesto que el de quienes ya están clasificados y especulan con el once de mañana.