¿Cuándo dejó de ser el ciclismo colombiano una amenaza real en las etapas planas del Tour de Francia? La pregunta surge con incomodidad al observar la octava jornada entre Périgueux y Bergerac, donde Tim Merlier repitió triunfo y los nuestros, una vez más, quedaron reducidos a figurantes en un escenario diseñado para la explosión europea.
No se trata de menospreciar el oficio. Los 180.4 kilómetros de recorrido llano, con apenas dos puertos de cuarta categoría —el primero de 3.7 kilómetros al 3.3% y el segundo de 2.2 al 5.3%—, configuraban un perfil que anunciaba su desenlace desde la salida. En este territorio, el dominio de Merlier y la expectativa sobre Fernando Gaviria como aspirante a “meterse en las primeras posiciones” revelan una asimetría que los colombianos hemos aprendido a naturalizar con resignación. Gaviria, que alguna vez encarnó la promesa de romper esa hegemonía, hoy figura como candidato a quedar cerca, no a ganar.
La tradición ciclista de Colombia nació en la montaña, es cierto. Desde Herrera en el Alpe d’Huez hasta los triunfos recientes de Bernal en el Giro y el Tour, hemos construido una identidad pedalística fundada en la resistencia altimétrica. Pero el ciclismo moderno exige versatilidad, y aquí la pregunta se vuelve incómoda: ¿hemos confundido la especialización con la limitación? Tocqueville observaba en la democracia estadounidense una tendencia a valorar lo que se tiene por temor a confrontar lo que falta. Algo similar parece ocurrir con nuestra narrativa ciclista, donde celebramos los puestos de honor en etapas ajenas como si fueran victorias morales.
El sprint colombiano no carece de antecedentes. Marlon Pérez, en otro siglo, y el propio Gaviria en sus años de Quick-Step, demostraron que la velocidad pura no es patrimonio exclusivo de los belgas y los neerlandeses. Sin embargo, la estructura del ciclismo profesional contemporáneo —con sus trenes especializados, sus presupuestos diferenciados y sus programas de desarrollo temprano— ha ampliado la brecha entre quienes diseñan la carrera y quienes la padecen. Merlier no gana solo: gana porque su equipo le construye un túnel de velocidad en los últimos kilómetros. Los colombianos, en su mayoría integrados a escuadras con otras prioridades, compiten en desventaja estructural antes de pisar el pedal.
Esto no es queja, es diagnóstico. Y el diagnóstico obliga a una segunda pregunta: ¿qué está haciendo el ciclismo nacional para revertir esta tendencia? La Federación Colombiana de Ciclismo, con sus recursos limitados y sus tensiones políticas internas, ha privilegiado la exportación de talento juvenil sobre la construcción de una escuela doméstica robusta. Funciona para producir escaladores; falla para formar sprinters completos. El resultado lo vemos cada julio: una legión de colombianos brillantes en la general, casi invisibles en las jornadas que el público masivo recuerda.
Hay, sin embargo, un mato que conviene no perder. El ciclismo no se reduce al sprint, y la gloria de un Bernal en el Galibier pesa más en la historia del deporte que cualquier triunfo en una etapa llana. El riesgo es otro: que el público colombiano, educado en la expectativa de victoria, desconecte de una competencia donde sus representantes aparecen como comparsas durante diez días antes de brillar en dos o tres. La fidelidad de las audiencias requiere identificación, y la identificación se alimenta de posibilidad real, no de promesas diferidas.
La etapa 8 del Tour de 2026, con su recorrido amable y su desenlace previsible, no es más que un eslabón de una cadena larga. Merlier ganó; los colombianos, suponemos, terminaron cerca. La pregunta que deberíamos hacernos los aficionados, y sobre todo quienes administran este deporte, es si estamos conformes con un rol que el resto del mundo ya nos ha asignado, o si aún cabe imaginar un ciclismo colombiano que compita por ganar en cualquier terreno. La respuesta, como suele ocurrir con las preguntas incómodas, exigiría tiempo, dinero y —lo más difícil— una honestidad que los ciclos electorales de la federación raramente permiten.