¿Es la democracia compatible con la aristocracia del talento? Tocqueville observó en su momento que las sociedades modernas tendían a nivelar las condiciones hasta hacerlas uniformes, temerosas de cualquier desigualdad visible. El deporte, sin embargo, nos presenta una paradoja recurrente: en el campo más democrático de todos, donde once contra once miden fuerzas en reglas idénticas, aparece con frecuencia un solo individuo que condensa en sí la diferencia entre la gloria y el olvido. España está en semifinales de la Copa del Mundo, y ello se debe, en esta instancia, a dos goles de Mikel Merino. El dato no es menor: un mismo jugador, en momentos distintos, ha erigido el andamiaje sobre el que descansa la ilusión de una nación.
Merino no es, a priori, el nombre que ocuparía el podio de los galácticos. No figura entre los contratos millonarios ni entre las portadas sistemáticas de la prensa deportiva internacional. Y precisamente ahí reside la lección que trasciende el ámbito meramente lúdico. Popper, en su defensa de la sociedad abierta, alertaba sobre el peligro de las profecías autocumplidas: cuando anticipamos que solo ciertos individuos pueden decidir los grandes destinos, terminamos por construir instituciones que inhiben la emergencia de lo inesperado. El fútbol español, con su cantera y su filosofía de juego colectivo, había parecido durante años una excepción a la lógica del crack mesiánico. La pregunta que plantea esta clasificación, entonces, es incómoda: ¿hemos regresado al culto del héroe solitario, o Merino es antes que nada producto de un sistema que aún funciona?
La evidencia visible apunta en direcciones contrarias. Por un lado, los dos goles de Merino sugieren una dependencia que cualquier analista táctico calificaría de riesgosa. Francia, el próximo rival, no perdonará una estructura que descansa en la individualidad como recurso estructural. Por otro, la propia existencia de Merino como figura decisiva —formado en la cantera realista, consolidado en la Real Sociedad, madurado en la selección— indica que el modelo formativo español sigue produciendo ciudadanos-futbolistas capaces de asumir la responsabilidad en el momento preciso. Tomás de Aquino distinguía entre virtus y felicitas: la virtud opera en la elección del medio, la felicidad en la consecución del fin. Merino, en esta lectura, no sería un accidente fortuito sino el resultado de hábitos institucionales que permiten que la virtud se exprese cuando la fortuna la reclama.
Los colombianos debemos observar con atención este fenómeno, y no por mero interés deportivo. Nuestra tradición republicana, alimentada por el liberalismo clásico que La Bitácora procura honrar, ha oscilado entre dos tentaciones complementarias: la del caudillo que concentra en su persona la esperanza colectiva, y la del institucionalismo rígido que sofoca la iniciativa individual. España, en este Mundial, ofrece una síntesis provisional que merece estudio. No hay mesianismo en Luis de la Fuente; tampoco hay burocracia asfixiante. Hay, en cambio, una res publica deportiva donde el individuo emerge no contra la institución sino a través de ella.
La semifinal contra Francia será, en este sentido, una prueba de fuego para ambas hipótesis. Los franceses, con su arsenal de nombres consagrados, representan la versión más cruda del individualismo competitivo. España, con su apuesta colectiva que ahora encuentra en Merino su voz más audible, deberá demostrar que la síntesis es sostenible. No es irrelevante que el encuentro ocurra en un contexto geopolítico donde Europa redefine sus alianzas y donde el deporte, mutatis mutandis, sigue siendo territorio de proyección simbólica.
La historia del fútbol mundial registra clasificaciones memorables que no terminaron en títulos, y títulos que dejaron poco recuerdo. Los colombianos de cierta edad sabemos algo de esto. Lo que distinguirá esta España, sea cual sea el resultado final, es la manera en que ha construido su camino: sin renunciar al individuo excepcional, sin traicionar la primacía del conjunto. Merino apareció cuando correspondía. La institución, en su caso, no fue obstáculo sino pedestal. Que así siga siendo dependerá, en buena medida, de lo que ocurra frente a Francia. Y de si somos capaces, los espectadores, de leer en el deporte algo más que el resultado inmediato.