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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 13 jun 2026

¿Qué significa volver al Mundial después de medio siglo ausente?

Haití y Escocia reanudan una conversación interrumpida con el fútbol mundial. La espera, sin embargo, les legó condiciones distintas.

¿Qué significa volver al Mundial después de medio siglo ausente? — Deportes, ilustración editorial

¿Qué le hace a una selección el no estar en una Copa del Mundo durante veintiocho años, o durante cincuenta y dos? La pregunta no es retórica. Haití y Escocia inauguran esta noche su participación en el torneo de Estados Unidos, Canadá y México con historias de ausencia que, lejos de ser meras anécdotas calendáricas, condicionan el modo en que cada equipo afronta el regreso.

Escocia, que no pisaba una fase final desde Francia 1998, cuando cayó 2-1 ante Brasil en su debut, llega con una selección que ha sabido construir cierta continuidad. El equipo de Steve Clarke dejó impresiones favorables en los amistosos previos y cuenta con jugadores habituados a la competencia internacional. La ausencia fue larga, pero no necesariamente estéril: el fútbol escocés mantuvo estructuras, canteras, una liga que exporta talento. La espera, en este caso, parece haber funcionado como un largo aprendizaje.

Haití presenta un perfil diferente. Su única experiencia mundialista data de Alemania Federal 1974, cuando perdió sus tres partidos y encajó catorce goles. La selección caribeña disputa apenas su segunda Copa, y los números de las eliminatorias no invitan al optimismo: trece goles recibidos en diez partidos de la fase clasificatoria de Concacaf, una de las cifras más altas entre los clasificados. La defensa, como suele ocurrir en los equipos que acceden por primera vez o después de décadas, muestra fisuras que el torneo tiende a amplificar, no a disimular.

Alexis de Tocqueville observó en De la democracia en América que las naciones, como los individuos, necesitan ejercitar sus facultades para no perderlas. La metáfora, mutatis mutandis, aplica al fútbol de selecciones. No estar en los torneos relevantes durante generaciones atrofia instituciones, reduce la exposición de los jugadores a la presión competitiva máxima, dificulta la acumulación de memoria institucional. Escocia, con sus veintiocho años de ausencia, conservó algo de esa memoria; Haití, con cincuenta y dos, prácticamente la tuvo que reconstruir desde cero.

El Grupo B, donde ambas selecciones compiten, no parece ofrecer segundas oportunidades. Cada punto, como advierte la lógica del formato, puede resultar determinante para la clasificación a octavos de final. En este contexto, el debut adquiere una densidad que trasciende lo meramente deportivo: es una prueba de cómo cada selección ha gestionado su tiempo fuera del escenario principal.

Hay algo de justicia restaurativa en estos regresos. El fútbol mundial, con toda su parafernalia comercial y su concentración de recursos en pocas federaciones, sigue funcionando como un mecanismo de reconocimiento público que no todos los países acceden con la misma periodicidad. Para Haití, particularmente, la clasificación representa una interrupción de una invisibilidad que no siempre es merecida. Pero el reconocimiento, en el terreno de juego, exige traducirse en solidez, y allí la historia reciente de la selección caribeña suscita dudas razonables.

No es necesario, sin embargo, caer en el determinismo. Los torneos cortos producen anomalías, resultados que desafían las expectativas fundadas en la trayectoria. La pregunta relevante no es si Haití debería perder por su historial defensivo, sino si las condiciones del presente —el once inicial, el estado de forma, la conjunción de circunstancias en noventa minutos— permiten alguna variación sobre el guion previsto.

Escocia, por su parte, enfrenta una presión distinta: la de justificar que su regreso no fue un accidente, que los veintiocho años de espera valieron la pena. Los equipos que vuelven después de una generación a veces juegan con el peso de una expectativa colectiva que no pidieron cargar. La experiencia internacional de sus jugadores puede ser aquí un amortiguador, o puede no serlo: la selección no es la suma de los clubes, como bien saben quienes han intentado explicar el fracaso de equipos teóricamente superiores.

Al final, lo que Haití y Escocia comparten no es tanto su condición de regresadas como la pregunta que ambas deben responder en el campo: si la ausencia fue pura pérdida de tiempo, o si permitió alguna forma de maduración. Los colombianos, habituados a nuestras propias alternancias de presencia y ausencia en el torneo, sabemos que no hay respuesta única. Depende de lo que cada selección haya construido mientras nadie la miraba.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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