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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 12 jun 2026

Quiñones baila en el Mundial la canción que Sudáfrica le cantó a México

El gol inaugural del Mundial 2026 trae una lección sobre identidad, arraigo y el derecho a elegir quién se es.

Quiñones baila en el Mundial la canción que Sudáfrica le cantó a México — Deportes, ilustración editorial

¿Puede un colombiano de Magüí Payán convertirse en el héroe de México y, al hacerlo, seguir siendo, de alguna manera, colombiano? La pregunta no es retórica. Se formuló con crudeza el pasado 11 de junio, cuando Julián Quiñones, nacido en Nariño, marcó el primer gol del Mundial 2026 en el Estadio Azteca y, acto seguido, imitó el baile que los jugadores sudafricanos habían estrenado ante la misma selección mexicana en 2010. La imagen dio la vuelta al mundo. Los mexicanos la celebraron como revancha; los colombianos, con una mezcla de orgullo incómodo y curiosidad genuina.

El gesto de Quiñones merece una lectura que trascienda el folclore deportivo. No fue una provocación gratuita, sino una cita histórica consciente: recuperar el festejo de Siphiwe Tshabalala para resignificarlo, apropiárselo, convertirlo en algo propio. Es lo que Hannah Arendt llamaba, en otro contexto, el derecho a la acción: la capacidad humana de iniciar algo nuevo en medio de un continuum de acontecimientos. Quiñones no solo inauguró el marcador del torneo; inauguró una narrativa sobre la identidad que incomoda a quienes creen que el origen determina la lealtad.

La decisión del delantero de representar a México no fue, como algunos suponen, una traición o una conveniencia. Fue, según sus propias palabras, un acto de agradecimiento. “Toda mi carrera la he hecho en México. Tengo a mi familia, la construí acá”, declaró en algún momento, según reseña Caracol Radio. A los diecisiete años dejó las inferiores de Fútbol Paz de Cali para probar suerte en Tigres. Allí se hizo jugador, padre, ciudadano. Cuando Néstor Lorenzo intentó convocarlo para Colombia en 2023, ya había iniciado su naturalización. Rechazó la invitación. No por desprecio al país de su nacimiento, sino por fidelidad al país de su vida.

Aquí entra en juego una tensión que el fútbol globalizado no ha resuelto, solo ha exacerbado. La normativa de la FIFA sobre nacionalidades múltiples pretende organizar lo inorganizable: el vínculo entre un individuo y una comunidad política. Pero las reglas del reglamento no alcanzan para legislar el sentimiento. Quiñones no eligió a México contra Colombia; eligió a México por México, por lo que ese país le dio cuando aún no era nadie. Es una lógica de gratitud, no de cálculo. Y en tiempos donde la política identitaria reduce a las personas a categorías fijas —nación, raza, origen—, su elección resulta casi subversiva.

La celebración contra Sudáfrica añade una capa de ironía que no debería pasar desapercibida. En 2010, el anfitrión africano bailó en el rostro de México; dieciséis años después, un colombiano naturalizado mexicano recuperó ese baile para celebrar una victoria mexicana. El círculo se cerró con alguien que, en rigor, no pertenecía a ninguno de los dos equipos originales. Es la metáfora perfecta de una globalización que no borra las fronteras, pero las hace permeables, las hace negociables, las hace, en última instancia, humanas.

No todo el mundo estará dispuesto a celebrar esta lectura. Habrá quienes vean en Quiñones a un mercenario de la bandera, un jugador que “no pudo” con Colombia y buscó refugio en otra selección. Es una lectura posible, aunque simplista. Ignora que el fútbol moderno está poblado de casos similares: Alfredo Di Stéfano vistió tres camisetas, Luis Monti jugó finales con Argentina e Italia, Ferenc Puskás hizo lo propio con Hungría y España. La lista no justifica; contextualiza. La identidad nacional en el deporte nunca ha sido tan monolítica como pretenden los himnos.

Lo que queda, al final, es una pregunta incómoda para el espectador colombiano. ¿Tenemos derecho a reclamar como nuestro el gol de un hombre que decidió no serlo? ¿O el reconocimiento de su origen —Magüí Payán, Nariño, ese rincón del Pacífico— basta para mantener alguna forma de pertenencia simbólica? No hay respuesta fácil. Quizás no la haya. Pero el baile de Quiñones, solitario en el césped del Azteca, sugiere que la identidad no es un destino sino una elección repetida, un acto de voluntad que se renueva cada vez que uno decide a quién pertenecer.

El Mundial apenas comienza. Colombia tendrá sus propios héroes, sus propios goles, sus propias celebraciones. Pero el primero de todos —el que inauguró esta edición, el que el mundo recordará como imagen del torneo— fue de un nariñense que eligió ser mexicano. Y que, al hacerlo, nos recordó que la patria, en última instancia, no es solo donde se nace. Es donde se decide quedarse.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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