¿Qué distingue al atleta que trasciende su época del que simplemente la ilumina brevemente? La muerte de Rafael Antonio Niño Munévar, a los 77 años en un quirófano de Tunja, nos obliga a distinguir entre fama y legado, entre el destello del presente y la geometría de la perseverancia.
Nadie escribe sobre ciclismo colombiano sin tropezar con la paradoja de nuestra historia deportiva: un país de montañas que exporta escaladores a Europa desde antes de que el Tour de Francia supiera pronunciar “Boyacá”. Niño fue de esa primera estirpe. En 1974, cuando el Giro de Italia recibió al equipo Jolly Ceramica con su nombre boyacense en la nomina, Colombia aún no había inventado el relato nacionalista del ciclismo. Él lo construyó con las piernas, no con la retórica.
Seis veces campeón de la Vuelta a Colombia. La cifra impone examen. No es meramente un récord: es una estructura temporal. Entre 1970 y 1980, una década turbulenta para el país, Niño dominó una disciplina que exige tanto resistencia anaeróbica como cálculo estratégico. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, destacaba las “islas de normalidad” que sobreviven en medio de la convulsión. El ciclismo de ruta, en esos años, fue algo así para Colombia: una secuencia de etapas, de metas, de reglas transparentes en un país que aprendía a desconfiar de las instituciones.
El escalador y el contrarrelojista habitan cuerpos distintos en el mismo atleta. El primero requiere explosividad sostenida contra la gravedad; el segundo, una relación casi matemática con el dolor. Que Niño dominara ambas modalidades no es anécdota técnica: es indicio de una capacidad de adaptación que el país ha necesitado siempre y raras veces encontrado en sus líderes públicos. Cuando Tocqueville observaba la democracia americana, notaba que las sociedades abiertas premian la versatilidad sobre la especialización estrecha. El ciclismo europeo, que Niño conquistó con décadas de anticipación a la era de los “escarabajos” contemporáneos, funcionaba por reglas similares.
Su retiro inauguró una segunda vida que muchos deportistas no logran: la del director técnico, del formador. Aquí la analogía con la res publica se impone. Las democracias sólidas, como las que Popper defendía, dependen de la transmisión de prácticas, no solo de normas. Niño no se despidió en la cima; descendió a las estructuras de base. Es fácil olvidar esta dimensión cuando se glorifica al campeón solitario. La columna que no recuerda la segunda mitad de su carrera se queda en el panegírico, no en el análisis.
La noticia de su muerte durante una intervención quirúrgica añade una nota irónica que no merece forzamiento retórico: el cuerpo que soportó seis Vueltas a Colombia sucumbió finalmente a la fragilidad biológica compartida. Pero esa misma fragilidad es la que hace comprehensible su hazaña. No era un semi-dios; era un campesino de Cucaita que transformó su condición física en logro histórico mediante disciplina repetida. La virtud republicana, desde Cicerón hasta los liberales hispanoamericanos que este medio recuerda, ha consistido siempre en hacer de lo ordinario algo sostenido, no en esperar lo extraordinario como don.
La pregunta que deja su partida no es si habrá otro seis veces campeón. Es más incómoda: ¿sigue Colombia produciendo estructuras donde la perseverancia individual encuentre reconocimiento institucional? El ciclismo nacional ha oscilado entre el abandono estatal y la privatización efímera. Niño vivió en la era anterior a esa disyuntiva, cuando el club y la selección aún coordinaban algo parecido a un proyecto. Comparar épocas no es nostalgia; es ejercicio de diagnóstico.
El ‘Niño de Cucaita’ ya no pedalea. Su récord permanece, no como mero número, como pregunta. ¿Qué sociedades saben cultivar la constancia sin exigirle al individuo que se consuma en el intento? La respuesta, si existe, no estará en el velorio ni en el homenaje parlamentario que seguramente vendrá. Estará en si algún niño de alguna Cucaita futura encuentra camino pavimentado para repetir, con sus propios medios, lo que este boyacense logró con los suyos.