¿Qué nos dice de nuestra época que un hombre de cuarenta años compita contra atletas de veinte y gane?
La noticia llega desde Alemania, como tantas veces en la historia del fútbol mundial. Cristiano Ronaldo acaba de convertirse en el primer jugador que marca en seis Mundiales distintos, una cifra que obliga a repensar lo que creíamos saber sobre la longevidad atlética. No se trata de un dato menor para las estadísticas deportivas: es un fenómeno que interpela directamente nuestra comprensión del tiempo, la disciplina y el límite del cuerpo humano.
Los colombianos debemos prestar atención a este tipo de hitos con una mirada que trascienda el fanatismo de clubes. El deporte de élite contemporáneo ha devenido un laboratorio donde se experimentan las tensiones entre la naturaleza y la técnica, entre el talento innato y la construcción metódica de la excelencia. Ronaldo no es simplemente un futbolista dotado; es, sobre todo, un proyecto de optimización humana sostenido durante dos décadas. Esa distinción importa para quienes reflexionamos sobre las instituciones que hacen posible la excelencia prolongada.
Tocqueville observó en la democracia norteamericana una peculiar inclinación hacia la comparación constante, el deseo de no quedar rezagado en la carrera social. Mutatis mutandis, el fenómeno Ronaldo revela una variante contemporánea de esa dinámica: la competencia no ya contra el otro, sino contra el propio declive biológico. El portugués no compite principalmente contra sus rivales de turno; compite contra su versión anterior, contra el registro que estableció en 2006, en 2010, en 2014. Esta estructura de competencia consigo mismo tiene algo de la ética protestante que Max Weber diagnosticó en los orígenes del capitalismo: una disciplina interiorizada, una racionalización ascética de la existencia.
Sin embargo, conviene no idealizar el caso. La prolongación de la carrera deportiva a costa de métodos que incluyen desde la crioterapia hasta regímenes nutricionales diseñados por equipos multidisciplinarios plantea preguntas incómodas. ¿Hasta dónde es legítimo instrumentalizar el cuerpo en pos de un récord? ¿Qué modelo de deporte estamos construyendo cuando la diferencia entre el atleta común y el atleta de élite se mide no solo en talento sino en acceso a tecnologías de optimización? Hannah Arendt, en su análisis del trabajo y la acción, distinguía entre el homo faber que produce objetos y el animal laborans que se consume en la reproducción de la vida. El Ronaldo contemporáneo parece haber resuelto esa tensión mediante una fusión inédita: su cuerpo es simultáneamente el instrumento, el producto y la obra.
El gobierno colombiano, con su retórica frecuentemente populista sobre el deporte como “derecho fundamental”, ha mostrado escasa capacidad para construir las instituciones que permitan sostener carreras de esta naturaleza. No se trata de producir más Ronaldos —la genialidad no se programa—, sino de crear las condiciones institucionales para que el talento encuentre desarrollo. La fuerza pública profesional que defendemos en estas páginas tiene su correlato en una estructura deportiva profesional: entrenadores formados, médicos especializados, planificación de largo plazo que resista los vaivenes políticos. El récord del portugués, leído con la frialdad que amerita, es también un índice de las instituciones que lo hicieron posible.
La oposición, por su parte, tampoco tiene mucho qué exhibir en esta materia. Los gobiernos alternativos del pasado reciente privilegiaron el evento espectacular —el torneo, la inauguración— sobre la infraestructura cotidiana. El estadio lleno para una final resulta más fotogénico que la cancha de barrio con césped sintético decente. Pero las estadísticas del deporte colombiano a nivel internacional sugieren que esa política de apariencias ha fallado.
Reconozcamos, no obstante, un mérito puntual del presente: la Ley del Deporte de 2021, pese a sus imperfecciones, estableció algunos mecanismos de financiación más estables para las federaciones. No es poco. La coherencia institucionalista que defendemos exige reconocer avances donde existen, aunque sean modestos.
El dato que reporta Deutsche Welle —seis Mundiales con gol, una secuencia que abarca desde la Alemania de 2006 hasta el presente— nos confronta con una temporalidad que supera la mayoría de las carreras políticas nacionales. Ronaldo ha sobrevivido a gobiernos, a crisis financieras, a una pandemia mundial. Esa persistencia, fría y calculada, interroga nuestra propia incapacidad para proyectar instituciones estables más allá del ciclo electoral. El deportista individual, en su aislamiento competitivo, parece haber construido algo que la res publica colectiva no logra sostener: una continuidad orientada por propósitos claros, evaluable por resultados públicos, sometida a la crítica permanente de la tribuna.
Quizás la lección final no sea deportiva sino cívica. En una época de discursos grandilocuentes sobre transformaciones estructurales, el portugués ofrece el contrapunto de una modestia operativa: identificar una habilidad, disciplinarla durante años, someterla a la prueba recurrente de la competencia. No hay garantía de éxito en ese método, pero sí hay algo que el populismo decretista detesta: la evidencia acumulada, el registro verificable, la responsabilidad ante un estándar que no se inventa para la ocasión. El balón entra o no entra. La institución resiste o se deteriora. La distinción, aunque simple, resulta saludable en tiempos de relativismo retórico.
¿Será este el último Mundial de Ronaldo? La pregunta, inevitable, ya no importa tanto. Lo que queda es la pregunta más incómoda para quienes observamos desde las gradas de la política: ¿cuántas de nuestras instituciones podrían sobrevivir a seis ciclos presidenciales con la misma eficacia que este futbolista ha sobrevivido a seis torneos planetarios?