¿Cuánto pesa la memoria en once jugadores que entran a una cancha? La pregunta no es retórica cuando Independiente Santa Fe se apresta a enfrentar a River Plate en los octavos de final de la Copa Sudamericana, tras despachar con autoridad al Caracas en su propia casa. El historial es conocido y adverso: ocho cruces internacionales, cuatro victorias argentinas, cuatro empates, ningún triunfo bogotano. Pero los números, como suele ocurrir en el fútbol, son apenas la superficie de algo más profundo y más incómodo.
Hay heridas que el tiempo no cierra porque la hinchada no se lo permite. La Recopa Sudamericana de 2016 es una de ellas. Aquel empate sin goles en El Campín y la caída 2-1 en el Monumental, con goles de Driussi y Alario, dejaron en el imaginario cardenal la sensación amarga de una final que se escapó por detalles —y por dos jugadas que la parcialidad roja sigue reclamando como penales no sancionados. El fútbol tiene esa crueldad: las decisiones arbitrales se archivan, pero el resentimiento se hereda de generación en generación, como una deuda que nadie firmó.
Sin embargo, el episodio que verdaderamente trasciende el historial deportivo ocurrió en mayo de 2021, en plena pandemia. Un brote de covid-19 dejó a River sin veinte futbolistas, incluidos sus cuatro arqueros, y la Conmebol se negó a habilitar un portero juvenil de emergencia. El resultado fue una de esas escenas que el fútbol regala de cuando en cuando para recordarnos su condición de teatro del absurdo: Enzo Pérez, mediocampista y además lesionado, bajo los tres palos del Monumental. River ganó 2-1. La prensa argentina celebró la épica del equipo diezmado; el resto del mundo registró con asombro que un club profesional no pudiera vencer a un rival con un volante improvisado en el arco. Para la hinchada de Santa Fe, aquella noche no fue una anécdota: fue una humillación estadística que ningún título ha borrado del todo.
Aquí conviene una honestidad que el periodismo deportivo no siempre practica. La derrota ante un equipo sin arquero no es una mancha que se reivindica ganando nueve años después; es simplemente un hecho del pasado, tan inmodificable como cualquier otro. Lo que sí puede hacer el equipo bogotano es algo más útil y más difícil: demostrar que el Santa Fe actual no es prisionero de ese expediente. Tocqueville observó que las democracias viven tentadas de releer su historia como queja permanente; algo parecido ocurre con las hinchadas, que a veces prefieren el agravio conocido a la incertidumbre del presente. El rencor es cómodo. La ambición, no.
Y hay motivos para la ambición. El 0-3 en Caracas no fue un resultado menor: ganar así de visitante en torneos Conmebol exige oficio, jerarquía y una solidez que el fútbol colombiano no siempre exhibe fuera de casa. Santa Fe, además, persigue algo que muy pocos clubes del país han conseguido: un bicampeonato continental. Esa posibilidad debería importar más que cualquier ajuste de cuentas con el pasado. Sería injusto, también, no reconocer la dimensión del rival: River Plate es una institución que ha hecho de la competencia internacional una segunda naturaleza, y enfrentarlo en el Más Monumental, con sesenta mil personas en contra, es un examen que no admite romanticismos.
Los colombianos debemos aprender, en el fútbol como en la vida pública, a distinguir entre memoria y obsesión. La memoria instruye; la obsesión paraliza. Que la serie del 12 y el 19 de agosto se juegue con la primera y no con la segunda. Porque si Santa Fe sale a la cancha a vengar el 2016 y el 2021, jugará contra once jugadores y contra dos fantasmas. Y contra los fantasmas, como enseña cualquier historia de fantasmas que se respete, no se gana jamás.