El expresidente Juan Manuel Santos regresa a Colombia este viernes 19 de junio con un mensaje calibrado al milímetro. En un encuentro del Diálogo Interamericano en Washington, ante exembajadores de Estados Unidos en América Latina y funcionarios de los Departamentos de Estado y de Defensa, respondió a quienes le preguntaron por su voto en la segunda vuelta del 21 de junio. No mencionó a Abelardo de la Espriella ni a Iván Cepeda. No hubo adhesión explícita. La ambigüedad, sin embargo, fue elocuente, según reconstruyó Infobae Colombia y el testimonio del corresponsal de Noticias Caracol Juan Camilo Merlano en su cuenta de X.
Santos recordó su compromiso de no intervenir en política desde 2018 y, de inmediato, añadió la cláusula operativa que importa: también dijo que siempre defenderá su legado, que es el del proceso de paz, y lo seguirá defendiendo. Es la fórmula que usa un exmandatario cuando quiere fijar el criterio sin nombrar al beneficiario. En una segunda vuelta con dos candidatos con posiciones públicas y documentadas frente al Acuerdo de 2016, definir el criterio equivale, en los hechos, a definir el voto. La frase, además, no se pronunció en un foro cualquiera: el Diálogo Interamericano es descrito por la propia Infobae como el principal centro de pensamiento dedicado a asuntos del Hemisferio Occidental, lo que sitúa la declaración en un registro de política exterior, no de talk show.
La lectura política del guiño fue hecha explícita por varios de los asistentes al encuentro, según Infobae. ¿Qué hace verosímil esa lectura? El papel de Iván Cepeda como facilitador en los diálogos de La Habana es una función que el propio Acuerdo Final reconoce y que la comunidad internacional ha citado como antecedente de su lugar en la Comisión de Paz del Senado. La contraparte es la posición pública del otro candidato en disputa: según reconstruyó Infobae, la campaña de De la Espriella ha cuestionado de manera reiterada la implementación del Acuerdo y ha planteado revisar lo firmado en 2016. Frente a ese escenario binario, la frase de Santos opera como un deslinde por descarte: quien no defienda lo acordado queda fuera del universo definido por el exmandatario.
La arquitectura retórica es la misma que Santos ha empleado en otras coyunturas, y el columnista la lee así: neutralidad formal mientras se condiciona el respaldo al contenido sustantivo de una política de Estado. Pero conviene separar dos planos que la consigna suele mezclar. La defensa del Acuerdo no equivale, automáticamente, a la defensa de su ejecución concreta. El proceso atraviesa su fase de implementación con tropiezos documentados por la Corte Constitucional, por la Jurisdicción Especial para la Paz y por los informes periódicos de la Misión de Verificación de la ONU en Colombia. Defender el legado es un acto simbólico; defender la implementación es un asunto de gestión pública verificable, y ambos se han movido a velocidades distintas durante los últimos diez años. Esa distinción puede pesar más que la consigna el domingo.
Queda, por último, una pregunta incómoda que esta columna quiere registrar: ¿es defender el Acuerdo de 2016 hoy un programa de gobierno o una herencia que se invoca según conveniencia electoral? La respuesta no es nítida y el columnista no la dará aquí. Lo que sí puede documentarse es el efecto inmediato. Santos regresó al país con la neutralidad formalmente intacta y con el voto materialmente señalizado. La frase leída como guiño a Cepeda es, en la práctica, la última intervención pública de un Premio Nobel de Paz en una campaña que se decide el domingo 21 de junio. Para una figura con ese capital simbólico, la ambigüedad calculada es también una manera de intervenir. El elector, al final, sabrá leerla.