Stella Aristizábal Parra de Velásquez cumple 92 años en agosto y sigue escribiendo. No es un dato menor en un país donde la conversación pública sobre la vejez casi nunca incluye a las personas vivas que la viven.
La autora pereirano ha completado cinco tomos de “Relicario de Recuerdos”, un proyecto literario que funciona simultáneamente como testimonio familiar y como acto de resistencia: la resistencia de quien se niega a desaparecer de la página, de quien convierte su memoria en tinta. Es productiva. Es lúcida. Sigue vigente.
No sabemos exactamente qué hay dentro de esos tomos porque el artículo original se corta a mitad de frase, como si la plataforma le hubiera quitado el aire a la historia. Pero eso es casi poético en sí mismo: una escritora cuya obra se trunca en la red, mientras ella sigue escribiendo en el papel.
Lo que importa aquí es el contraste que casi nadie nombra. En redes sociales, la vejez es un meme. En TikTok, es contenido de “abuelitas adorables” que bailan. En X, es el blanco fácil de la burla generacional. Pero Aristizábal no baila para un algoritmo. Escribe cinco libros. Mantiene lucidez. Mantiene proyecto. A los 92.
En Pereira, en Otún, en la geografía de los medios locales que todavía tienen tiempo para contar historias sin métrica de engagement, esto es noticia porque es raro: una mujer que envejece hacia adelante, no hacia atrás. Que no se retira. Que publica.
La pregunta incómoda es por qué esto nos sorprende tanto. Por qué una mujer que escribe a los 92 años nos parece excepcional. Probablemente porque nuestra cultura de la inmediatez digital ha decidido que después de cierta edad, la gente ya no produce, ya no importa, ya no cuenta.
Stella Aristizábal cuenta.