El Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo marca una década y media de funcionamiento en Cali. Con el acumulado de 2,8 millones de personas que han pisado sus butacas, el recinto se posiciona como una institución cultural que trasciende la lógica de la cartelera ocasional.
Los números hablan. Más de 2.800 espectáculos y 4.500 funciones en 16 años sugieren una programación sostenida. No es un teatro que dependa de temporadas puntuales o estrenos importados. Es una máquina de producción que ha mantenido la circulación de música, danza y teatro como oferta constante en una ciudad que históricamente ha tenido menos acceso a infraestructura de ese calibre que Bogotá.
Esto importa porque la disponibilidad de espacios culturales de calidad moldea hábitos de consumo y, en términos más amplios, define qué tan cerca o lejos están las ciudades intermedias de la vida cultural que las capitales dan por sentada. Un teatro con esa capacidad de ocupación sostenida no es un lujo: es un indicador de que hay demanda, que hay públicos, que hay artistas dispuestos a presentarse fuera del eje Bogotá-Medellín.
El dato sobre asistencia también levanta una pregunta sobre accesibilidad. Un teatro lleno no siempre es un teatro democrático. La pregunta que importa después de estos 16 años es si esos 2,8 millones incluyen a estudiantes, trabajadores informales, personas de barrios periféricos, o si la asistencia se concentra en segmentos de ingreso medio y alto. Sin ese desglose, el número es un titulante pero no un diagnóstico.
De todas formas, la persistencia del proyecto en una ciudad que ha enfrentado ciclos económicos difíciles dice algo. El Teatro Mayor no es una burbuja. Es una institución que se sostuvo.