¿Puede una democracia liberal sobrevivir a quien la desprecia desde su máxima investidura? La pregunta, que parecía retórica en los años noventa cuando Fukuyama anunciaba el fin de la historia, adquiere hoy una urgencia incómoda. El 4 de julio de 2026, Estados Unidos cumplió doscientos cincuenta años de existencia republicana. La conmemoración, sin embargo, fue eclipsada por un presidente que prefirió celebrar su cumpleaños en un ring de artes marciales mixtas antes que honrar el decoro institucional que Washington, Jefferson y Madison diseñaron con esmero casi teológico.
El reportaje de Iker Seisdedos en El País documenta esta extraña simbiosis: un hombre tan prosaico en sus apetitos y tan desprovisto de retórica elevada que, paradójicamente, se convierte en metáfora viviente de la decadencia. La Casa Blanca convertida en zona de obras, el estanque del monumento a Lincoln teñido de verde alga, el circo romano de las MMA como escenario de celebración patria —cada imagen parece deliberadamente escogida por algún dramaturgo malicioso para ilustrar lo que Hannah Arendt llamó la “banalidad” que precede a la ruptura del tejido institucional.
Pero aquí debe detenerse el análisis para evitar dos trampas complementarias. La primera es la tentación del excepcionalismo norteamericano invertido: creer que Estados Unidos era inmune al populismo autoritario porque poseía una Constitución vetusta y venerada. Tocqueville, que observó la democracia estadounidense en su infancia, ya advirtió que las formas institucionales no se sostienen sin los “hábitos del corazón” de la sociedad civil. La segunda trampa es atribuir a Trump una singularidad histórica que el propio artículo de El País le concede quizás en exceso. ¿Fue realmente “ninguno tan destructivo”? Andrew Jackson desafió abiertamente a la Corte Suprema; Richard Nixon convirtió la presidencia en conspiración criminal; la Reconstrucción fue saboteada desde la Casa Blanca misma.
La diferencia, mutatis mutandis, radica en algo que Popper habría reconocido de inmediato: Trump no destruye instituciones a espaldas del público, sino que convierte su desprecio por ellas en espectáculo político. La transparencia perversa del método es precisamente lo que lo hace difícil de contrarrestar con los mecanismos tradicionales de accountability. Cuando un presidente burla abiertamente la independencia judicial o la separación de poderes, los contrapesos diseñados para funcionar en la sombra —las negociaciones de bastidores, las presiones partidarias discretas— pierden eficacia. El escándalo deja de ser escándalo para convertirse en rutina.
Para nosotros, observadores desde una república hispanoamericana donde el deterioro institucional ha sido demasiado frecuente, hay una lección incómoda. El sistema estadounidense, con sus checks and balances y su tradición de rule of law, parecía ofrecer una arquitectura más resistente que nuestras propias estructuras fraguadas en el siglo XIX con materiales importados y adaptaciones locales imperfectas. Si esa arquitectura muestra grietas bajo presión, ¿qué decir de las nuestras? La pregunta no es retórica en un momento donde la alineación con regímenes autoritarios, el uso instrumental del Estado y el deterioro de la independencia judicial son fenómenos que conocemos demasiado bien en Colombia.
No todo es catastrofe. El mismo sistema que Trump erosiona ha mostrado, en ocasiones, resiliencia: tribunales que frenan decretos, fiscales que investigan independientemente, elecciones que, hasta ahora, han resistido los intentos de anulación. Pero la resiliencia no es inagotable. Requiere, como enseñó Tomás de Aquino sobre la ley natural, una adhesión interior que trascienda el mero cumplimiento formal. Cuando la adhesión se convierte en desdén público, las instituciones sobreviven como fachadas huecas, decorativas pero inoperantes.
El artículo de El País termina sin proponer salidas, y acertadamente. No hay fórmula para restaurar el decoro institucional cuando quien debería encarnarlo lo profana deliberadamente. Quizás la única certeza es que los doscientos cincuenta años de la república norteamericana no garantizan otros doscientos cincuenta. Las repúblicas, como recordaba Cicerón, son pactos de confianza. Y la confianza, una vez quebrada, no se reconstruye con fuegos artificiales del 4 de julio.