La guerra en Ucrania entra en una fase donde la aritmética militar comienza a favorecer a Kiev de formas que hace apenas un año parecían improbables. Según análisis recientes de centros de estudios estratégicos occidentales, el cambio de iniciativa táctica en el frente no es marginal: afecta el cálculo de costos de Moscú y, por primera vez desde 2022, abre espacios reales para negociación sin que esto signifique rendición ucraniana.
Para Colombia, esta reconfiguración importa más de lo que sugiere la geografía. No porque tengamos tropas en Ucrania —no las tenemos—, sino porque los equilibrios que se resuelvan allí determinarán el rol de Estados Unidos en los próximos años, y con él, nuestro acceso a cooperación militar, remesas, y la arquitectura de seguridad hemisférica que hemos construido desde Washington.
Moscú pierde el pulso de la escalada
El cambio fundamental radica en que Rusia ya no puede sostener la ventaja de fuego que tuvo en 2023 y 2024. Las sanciones occidentales han erosionado la capacidad de producción de municiones; el suministro de petróleo crudo desde terceros países no compensa la pérdida de refinerías; y el reclutamiento forzado ha llegado a límites demográficos que incluso Moscú reconoce en privado. Ucrania, por su parte, ha consolidado cadenas de suministro de defensa con Reino Unido, Polonia y los países bálticos que funcionan sin depender de decisiones unilaterales de Washington.
Esto no significa que Ucrania esté ganando en el sentido clásico. Significa que Rusia ya no está ganando, y eso es geopolíticamente distinto. Un régimen que invadió esperando victoria en semanas ahora afronta una guerra de desgaste que erosiona su economía, su legitimidad interna y su posición en Asia Central.
La puerta diplomática se abre porque ambos bandos cuentan costos
Cuando una de las partes en un conflicto asimétrico pasa de “podemos ganar” a “no podemos perder más”, la negociación deja de ser una derrota política. Eso es lo que está ocurriendo en Moscú. El Kremlin no negocia desde debilidad reconocida, sino desde la necesidad de congelar un conflicto que de continuar lo debilitará aún más.
Ucrania, a su vez, negocia desde una posición más fuerte que hace un año, pero también desde la urgencia de reconstrucción y de alivio humanitario. Un alto el fuego que consolide el territorio controlado actualmente por Kiev es mejor que una guerra indefinida que siga destruyendo infraestructura.
Las consecuencias para América Latina y Colombia
Aquí es donde el análisis debe ser franco: si Washington logra una salida negociada en Ucrania que no sea una capitulación de Kiev, habrá gastado menos capital político y recursos de los que muchos temían. Eso libera capacidad estadounidense para atender otros frentes: el Indopacífico, donde China presiona; la competencia con Rusia en América Latina, donde Moscú sigue financiando actores desestabilizadores; y la migración y el narcotráfico en el hemisferio.
Para Colombia específicamente, una estabilización en Ucrania que no sea una victoria rusa es positiva por tres razones:
Primero, mantiene la credibilidad de Washington como aliado confiable. Si Ucrania cae, los gobiernos latinoamericanos pro-occidentales —incluido el nuestro— enfrentarían preguntas incómodas sobre si vale la pena alinearse con un poder que no defiende a sus aliados.
Segundo, reduce la presión sobre la cooperación militar bilateral. Una guerra indefinida en Europa consume recursos de defensa estadounidenses que podrían destinarse a la región andina, donde el narcotráfico y las milicias transfronterizas requieren atención constante.
Tercero, limita el espacio para que Moscú use a Venezuela, Nicaragua y otros regímenes afines como peones en una estrategia de contrainsurgencia hemisférica. Un Kremlin debilitado por Ucrania es un Kremlin menos capaz de financiar desestabilización en el Caribe y América Central.
La incertidumbre persiste
No hay certeza de que esta ventana diplomática se cierre en acuerdo. Putin podría optar por una escalada de riesgo si percibe que pierde. Occidente podría endurecerse si interpreta cualquier negociación como apaciguamiento. Pero el cambio de iniciativa táctica es real, y eso altera el cálculo de todos los actores.
Para quienes monitoreamos la geopolítica hemisférica desde Bogotá, el mensaje es claro: la estabilidad en Ucrania no es un asunto europeo. Es un determinante de si Washington tendrá capacidad y voluntad de mantener su compromiso con la seguridad regional. Y eso sí nos toca.
Fuente: Foreign Affairs, “Ukraine Turns the Tide”, Jack Watling