Para quien no siguió el hilo: AceOdds.com hizo un análisis comparativo del costo total que asume un aficionado si decide viajar a todos los partidos de su selección en el Mundial 2026. Para Colombia, la cifra es de 230 millones de pesos.
El ejercicio incluye vuelos internacionales, alojamiento durante todo el torneo, entradas a los estadios y alimentación. No es un número sacado de la nada: la plataforma de apuestas británica analizó las 48 naciones participantes y asignó valores reales de mercado según la región donde se juegue (Estados Unidos, Canadá y México serán las sedes).
Esto importa porque el número expone algo que raramente mencionamos en la cobertura deportiva: la brecha entre la pasión por la Selección y la capacidad económica real de vivirla en vivo. Para el 80 por ciento de los colombianos, 230 millones es el precio de un lote, un vehículo usado, o dos años de educación privada. No es un gasto recreativo. Es un lujo.
El análisis también revela un dato político implícito. En contextos de inflación, desempleo y presión en salarios reales, la experiencia de seguir la Selección se estratifica: los ricos viajarán a los estadios. La clase media mirará pantallas en bares. Los más pobres, si tienen suerte, verán un partido en la casa de alguien con cable. Eso es normal en cualquier país, pero en Colombia, donde el fútbol es un lenguaje común que cruza todas las clases, la distancia duele más.
No es culpa de AceOdds. Es apenas un recordatorio de que cuando hablamos de “la Selección” como experiencia colectiva, estamos hablando de algo cada vez más fragmentado por precio de entrada.