Edición N.º 2713 Jueves, 4 de junio de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Internacional · Análisis · 29 may 2026

Washington abre la puerta a La Habana mientras la región mira de reojo

Un acuerdo entre Estados Unidos y Cuba podría reconfigurar la geopolítica caribeña, pero sus términos definirán si beneficia o complica la estabilidad regional y los intereses colombianos.

Washington abre la puerta a La Habana mientras la región mira de reojo — Internacional, ilustración editorial

La posibilidad de un entendimiento entre Washington y La Habana no es noticia menor en la región. Cuando la potencia hegemónica y un régimen que lleva siete décadas en su lista de adversarios comienzan a explorar canales de negociación, las consecuencias se propagan más allá de las aguas del Estrecho de Florida.

Para Colombia, esta conversación importa por razones que van más allá del simbolismo. Un acuerdo bilateral entre Estados Unidos y Cuba podría alterar dinámicas migratorias, flujos de financiamiento hacia grupos irregulares, y la arquitectura de alianzas en el Caribe. No se trata de un asunto doméstico cubano: es un reordenamiento que toca directamente la seguridad nacional andina.

El contexto de la negociación

Bustamante y Herrero, en su análisis para Foreign Affairs, plantean que para Cuba “un acuerdo con Washington es su mejor opción”. Esto refleja una realidad incómoda: la isla enfrenta presiones económicas severas, aislamiento diplomático selectivo, y una diáspora que sigue siendo factor de poder en Miami y Washington. El régimen cubano, sin embargo, no negocia desde posición de fortaleza. Cualquier acuerdo será asimétrico.

Lo que no está claro en la narrativa estadounidense es qué obtiene Washington a cambio. ¿Acceso a mercados? ¿Normalización de relaciones diplomáticas? ¿Garantías sobre financiamiento de actores irregulares en la región? Aquí es donde Colombia debe prestar atención.

Implicaciones para la seguridad andina

Durante décadas, Cuba ha funcionado como nodo de conectividad para grupos irregulares colombianos. No es secreto que Venezuela e Irán usan territorio caribeño como intermediario. Un acuerdo que incluya cláusulas sobre cooperación en seguridad —extradición, inteligencia compartida, control de financiamiento— podría ser positivo. Pero un acuerdo que simplemente “normalice” relaciones sin abordar estas cuestiones dejaría intacta la infraestructura de apoyo a actores no estatales.

La experiencia con Nicaragua es instructiva. Cuando Daniel Ortega negoció con Washington a principios de los años noventa, el resultado fue un modus vivendi que permitió que el régimen sandinista consolidara poder sin interferencia externa, mientras mantenía canales de cooperación con grupos irregulares. No es un modelo que Colombia deba repetir con Cuba.

El factor migratorio

Un segundo ángulo: la migración. Si Washington levanta restricciones de viaje o facilita remesas, veremos presión migratoria renovada hacia Estados Unidos. Esto tiene consecuencias en cascada. Menos presión en La Habana podría significar menos cubanos buscando ruta por Centroamérica y el norte de Sudamérica. O podría significar lo opuesto: más cubanos con acceso a dólares y pasaportes, buscando oportunidades en terceros países.

Para Colombia, que ya gestiona flujos migratorios complejos desde Venezuela, Haití y Centroamérica, cualquier cambio en la ecuación caribeña requiere coordinación con Washington y con gobiernos vecinos.

Lo que debe negociar Bogotá

El gobierno colombiano no es actor directo en negociaciones Cuba-EE.UU., pero sí tiene capacidad de influencia. Debería asegurar, a través de canales diplomáticos, que cualquier acuerdo incluya:

  1. Cláusulas de seguridad explícitas sobre cooperación contra financiamiento de grupos irregulares y tráfico de drogas.
  2. Coordinación migratoria que no desplace presión hacia la región andina.
  3. Transparencia sobre acuerdos comerciales que pudieran competir con exportaciones colombianas (níquel, café, energía).

La paradoja atlantista

Aquí está la tensión incómoda: como atlantista, reconozco que un acuerdo Cuba-EE.UU. que estabilice la región es preferible a décadas de bloqueo que no han logrado cambio político. Pero como analista de riesgo, sé que los acuerdos sin garantías institucionales suelen reproducir los mismos problemas bajo nuevas etiquetas.

Cuba no es Venezuela ni Nicaragua, pero tampoco es una democracia liberal. Cualquier normalización debe incluir salvaguardas reales, no solo declaraciones de intención.

La región está mirando. Bogotá debe hacer lo mismo, pero desde una posición clara: cooperación sí, pero con ojos abiertos.

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.