Luego de que De la Espriella ganara la primera vuelta presidencial con 43,73% de los votos, frente al 40,91% de Iván Cepeda, comenzaron a circular acusaciones en redes contra WestCol. El streamer había transmitido en vivo con el candidato monteriano días antes de los sufragios, con cerca de 250.000 espectadores. Seguidores de Cepeda interpretaron eso como una ventaja indebida.
WestCol respondió directamente en X. Aseguró que había extendido invitaciones a ambos candidatos para transmisiones donde pudieran exponer propuestas. “Uno no quiso, el otro sí”, escribió, señalando que no hubo sesgo en su intención. El streamer aclaró que su objetivo era escuchar propuestas y desmentir rumores, no favorecer a ningún aspirante. La defensa fue contundente: preguntó por qué había gente “atacada” si el ejercicio fue simétrico en la oferta.
Lo que importa aquí es separar dos cosas. Primero, la realidad verificable: WestCol invitó a ambos candidatos y solo uno aceptó. Eso es un hecho. Segundo, la especulación sobre influencia: si una transmisión de 250.000 personas modificó el comportamiento electoral es imposible de demostrar con los datos disponibles. La diferencia entre De la Espriella y Cepeda fue de 659.134 votos en el preconteo, cifra que excede con creces el alcance de un stream, aunque fuera masivo.
Lo más relevante para la segunda vuelta es que esta polémica marca un patrón: los creadores de contenido se están convirtiendo en actores políticos cuestionados. No es la primera vez que WestCol es criticado por sus conexiones políticas. Pero la acusación de “favoritismo” sin evidencia sólida también revela cómo operan las campañas en redes: cuando un resultado no gusta, se busca un culpable visible. El streamer fue ese blanco, aunque su respuesta apuntó a un principio defensible: la libertad de plataforma no implica parcialidad automática.