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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 16 jun 2026

Austria y Jordania buscan un lugar en la memoria del fútbol

El debut del Grupo J enfrenta al regreso de una nación europea tras 28 años contra la ilusión de un debutante histórico.

Austria y Jordania buscan un lugar en la memoria del fútbol — Deportes, ilustración editorial

¿Qué significa volver a una Copa del Mundo después de tres décadas de ausencia, o llegar por primera vez en la historia de una nación? El partido entre Austria y Jordania, que abre la primera fecha del Grupo J en el Mundial de 2026, plantea esta pregunta con una intensidad que trasciende el resultado inmediato. No se trata solo de tres puntos, sino de qué clase de relato nacional se construye a partir del césped.

Austria regresa al torneo que abandonó en Francia 1998, cuando el equipo de Herbert Prohaska y Toni Polster aún pertenecía a otra época del fútbol europeo. Veintiocho años son, en el ciclo de una selección, una generación entera de jugadores formados y retirados sin conocer la máxima cita. La presencia de David Alaba, que ya fue campeón de Europa con el Real Madrid, y de Marko Arnautovic, goleador histórico de la selección, no es mera coincidencia: son testigos que resistieron el desierto institucional del fútbol austríaco. Ralf Rangnick, entrenador cuya trayectoria en el fútbol alemán lo convirtió en una referencia del pressing y la organización táctica, asume ahora la tarea de darle sentido a esta resurrección.

Jordania, por su parte, no tiene memoria de ausencia porque nunca antes estuvo presente. Su clasificación, coronada por la final de la Copa Asiática 2024, representa el logro deportivo más significativo de una nación que, como muchas del Medio Oriente, ha buscado en el fútbol una forma de inserción en la comunidad internacional. Mousa Al-Tamari, extremo del Rennes francés, encarna esta nueva generación: formado en el fútbol europeo, capaz de competir en ligas mayores, portador de una bandera que antes no tenía escenario mundialista donde ondear.

El formato ampliado del Mundial, con 48 equipos, ha sido criticado por diluir la competencia y por premiar a selecciones que antes quedaban eliminadas en la fase de clasificación. La objeción tiene mérito: hay algo de injusticia en que una nación con la historia futbolística de Italia haya quedado fuera mientras otras entran por primera vez. Pero esta mirada olvida que el torneo no es solo un certamen de excelencia técnica, sino también un mecanismo de reconocimiento político. Hannah Arendt escribió sobre el derecho a tener derechos; en el fútbol mundial, el derecho a competir equivale a una forma de existencia reconocida. Jordania no pide indulgencia: juega para existir en el mapa de una disciplina que durante demasiado tiempo la excluyó por razones que no eran estrictamente deportivas.

El grupo complica cualquier optimismo excesivo. Argentina, vigente campeona, y Argelia, selección con experiencia en torneos africanos y capacidad de generar sorpresas, hacen que los puntos de esta primera fecha adquieran valor estratégico. Para Austria, empatar o perder sería interpretado como fracaso de una nación que esperó demasiado. Para Jordania, cualquier resultado positivo sería ya una victoria simbólica. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, insistía en que las instituciones deben permitir la corrección de errores sin derrumbarse. En el fútbol de selecciones, esta corrección ocurre cada cuatro años; la angustia de quienes esperan radica precisamente en que no hay mecanismo de apelación inmediato.

El cruce entre experiencia recuperada y ilusión inaugural define también una tensión del fútbol contemporáneo. Las ligas europeas concentran el talento, los recursos y la atención mediática; las selecciones de naciones periféricas compiten con desventajas estructurales que no desaparecen con la buena voluntad. Que Jordania haya llegado no significa que el sistema sea equitativo, solo que ocasionalmente permite excepciones. La pregunta que deberíamos hacernos, como espectadores, es si estas excepciones bastan para mantener la legitimidad de un torneo que se presenta como universal.

Austria y Jordania juegan hoy un partido que ninguna de las dos partes olvidará pronto. Para una es el cierre de un ciclo de ausencia; para la otra, la apertura de una posibilidad histórica. El resultado deportivo importará en la tabla, pero el significado político del encuentro trasciende la aritmética. En el fútbol, como en la política, hay países que juegan para confirmar lo que ya son, y otros que juegan para probar que pueden ser algo distinto.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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