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Deportes · Análisis · 22 jun 2026

Jordania y Argelia apuestan su permanencia en un Mundial de desigualdades

Dos selecciones periféricas se enfrentan con la urgencia de quienes saben que una derrota más es, en la práctica, una despedida.

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Jordania y Argelia apuestan su permanencia en un Mundial de desigualdades — Deportes, ilustración editorial

¿Es el fútbol mundial un campo de juego nivelado cuando las reglas formales ocultan asimetrías materiales abismales? La pregunta, lejos de ser retórica, encuentra en el Grupo J del Mundial 2026 un laboratorio casi perfecto. Jordania y Argelia, ambas derrotadas en su debut, se miden este lunes en el Estadio Bahía de San Francisco en un duelo que, según reporta La Opinión de Cúcuta, definirá de manera casi terminal sus posibilidades de avanzar. El formato de competición, con sus grupos de cuatro equipos y solo dos clasificados, convierte la segunda fecha en un examen de grado donde la aritmética se vuelve implacable.

La selección jordana llega a este certamen como una nación futbolística en proceso de gestación. Según la misma fuente, ocupa el puesto 63 en la clasificación de la FIFA y es dirigida por el entrenador marroquí Jamal Sellami. Su debut contra Austria, en el mismo escenario que albergará el partido de esta segunda jornada, siguió un guion que los observadores del deporte reconocemos con melancolía: quince minutos de esperanza —tras el gol de Ali Olwan al minuto 50 que igualó transitoriamente el marcador— seguidos del restablecimiento del orden jerárquico. La derrota final, 3-1, no humilla, pero tampoco perdona. En el sistema actual, quien no suma en el segundo encuentro queda a merced de resultados ajenos, una forma de dependencia que Tocqueville habría asociado a las democracías sin tradiciones institucionales sólidas.

Argelia, por su parte, representa una modalidad distinta de fragilidad. Los Zorros del desierto, que según La Opinión regresan al escenario planetario doce años después de su última aparición, fueron corregidos sin atenuantes por Argentina (3-0). La incógnita que rodea a Riyad Mahrez —titular, suplente, preservado— ilustra una tensión recurrente en las selecciones que concentran sus expectativas en un solo jugador de élite europeo. Cuando ese jugador envejece o cuando su club lo consume en otra latitud, la selección nacional queda como una res publica con ciudadanía incompleta: existe formalmente, pero le cuesta ejercer su soberanía sobre el campo. La presencia del extremo del Feyenoord Anis Hadj Moussa como sustituto en el debut sugiere una transición generacional que quizás llega tarde para este certamen.

El partido entre ambas selecciones, programado para las 10:00 p.m. según el reporte de la fuente original, reúne condiciones que trascienden el mero resultado deportivo. Dos actores compiten por un lugar en la mesa sin la certeza de que las reglas del juego les favorezcan. El ganador conserva la posibilidad de soñar; el perdedor, en la práctica, queda eliminado antes de la tercera fecha. No es el fútbol de las ligas europeas, con sus treinta y ocho jornadas donde un tropiezo se corrige en el largo plazo. Es el fútbol de la Copa del Mundo, que Popper habría calificado como una sociedad abierta en miniatura: acceso teóricamente universal, pero con filtros draconianos una vez dentro.

Hay algo instructivo en observar cómo estas selecciones gestionan la presión. Jordania, sin historia mundialista que la pese, puede jugar con la ligereza de quien no tiene nada que perder excepto el futuro. Argelia, con la memoria de su generación de 2014 que llegó a octavos de final en Brasil, arrastra el peso de una expectativa que sus actuales jugadores no construyeron pero deben sostener. Es la paradoja de las tradiciones deportivas intermedias: no son lo suficientemente pobres en recursos para justificar cualquier resultado, ni lo suficientemente ricos para exigirlo sin rubor.

El formato del torneo, con su expansión a cuarenta y ocho equipos, prometió mayor inclusión. Lo que no garantizaba era competitividad real en los cruces entre potencias secundarias. El duelo de este lunes será, mutatis mutandis, un play-in disfrazado de fase de grupos: dos equipos que ya perdieron contra los favoritos del sector compiten ahora por el derecho de complicarle la existencia a quien ocupe el segundo lugar, o de caer contra uno de los grandes en la siguiente ronda. La lógica del torneo no premia el mérito absoluto sino el relativo dentro de un grupo predeterminado.

Para el espectador colombiano, ajeno a este enfrentamiento por geografía e interés inmediato, el partido ofrece una lección indirecta. La Selección Colombia, que según reportes de la misma fuente prepara variantes tácticas con planes A, B y C para su próximo compromiso, opera en una liga de naciones donde la planificación múltiple es posible porque los recursos humanos lo permiten. Jordania y Argelia no tienen ese lujo. Su plan A debe bastar, o el torneo se termina antes de lo previsto.

El fútbol, se suele decir, es el deporte más democrático porque once contra once cualquier resultado es posible. La frase, atribuida erróneamente a diversos autores, omite que los once de un lado suelen entrenarse en instalaciones de primer mundo mientras los del otro improvisan en condiciones distintas. El Mundial 2026, con su retórica de globalización festiva, no ha resuelto esa asimetría. Solo la ha trasladado a pantallas más grandes y horarios más cómodos para los mercados televisivos.

Jordania y Argelia se juegan, pues, algo más que una clasificación. Se juegan la pertenencia a una narrativa que las incluya como algo más que comparsas. El fútbol les debe, al menos, esa posibilidad. No está claro que el sistema se la conceda.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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