¿Qué significa realmente ser anfitrión de una Copa del Mundo? La pregunta, que parecía retórica tras décadas de evidencia empírica, recobra urgencia ante el festín canadiense en Vancouver. El 6-0 contra Catar no es, en rigor, un resultado futbolístico: es un acontecimiento geopolítico con balón. Y como tales acontecimientos, exige lectura que trascienda el marcador.
Jonathan David anotó tres goles, Cyle Larin abrió el marcador, Nathan Saliba dedicó su tanto al compañero lesionado Ismaël Koné. Los hechos están documentados. Pero los hechos, mutatis mutandis, no alcanzan. Lo que importa es el marco: Canadá disputa su tercer Mundial en la historia, había perdido los seis partidos anteriores en 1986 y 2022, y ahora lidera el Grupo B con cuatro puntos, empatado con Suiza pero con mejor diferencia de gol. La causalidad entre localía y rendimiento no es lineal, pero tampoco puede descartarse con la ligereza de quien reduce el deporte a once contra once.
Tocqueville observó en la América del siglo XIX que las democracias jóvenes confunden la oportunidad con el mérito. El riesgo del análisis deportivo contemporáneo es la inversa: confundir el mérito con la oportunidad. Canadá jugó bien, indudablemente. Marsch construyó un equipo vertical, Buchanan y Ahmed desbordaron por las bandas, el mediocampo de Eustáquio y Koné funcionó como res publica donde cada uno ejerce y todos respetan el todo. Pero Catar se quedó con nueve hombres desde el minuto 53, y ya antes, desde el 33, con diez. La expulsión de Homam Al Amin, último defensor, y luego la de Assim Omer Madibo por una entrada que lesionó gravemente a Koné, no son detalles incidentales: son condicionantes estructurales del partido.
Aquí emerge la tensión que la columna intenta sostener, no resolver. El anfitrión mundialista hereda una expectativa que no siempre puede cumplir —véase Sudáfrica 2010, que no pasó la fase de grupos—, pero también opera en un ecosistema donde el arbitraje, la energía del estadio, la familiaridad con el clima y la ausencia de desplazamiento configuran un habitus favorable. No se trata de conspiración, sino de ventajas acumulativas que Pierre Bourdieu habría reconocido sin dificultad. La cuestión ética es si esas ventajas distorsionan la competencia o la completan.
Catar, por su parte, ofrece el contrapunto melancólico. El proyecto del emirato, con inversión millonaria, naturalizaciones masivas y la polémica organización de 2022, llega a este Mundial como sombra de promesa incumplida. Julen Lopetegui, técnico de prestigio europeo, no pudo revertir la dinámica con dos cambios al descanso. El equipo catarí, con dos expulsiones y un autogol de Mohammad Naceur Al Mannai, exhibió la fragilidad de las construcciones artificiales cuando la presión se vuelve orgánica. No es ironía, es constatación: el dinero compra infraestructura, no necesariamente identidad colectiva bajo adversidad.
Canadá, en cambio, construye identidad desde la necesidad. La inmigración —David nació en Estados Unidos de padres haitianos, Larin en Canadá de origen jamaiquino, Buchanan de madre canadiense y padre jamaicano— ha producido una selección que representa, con fidelidad no programada, el multiculturalismo norteamericano sin la retórica oficial. Jesse Marsch, estadounidense de formación alemana, entrena a este conjunto con una intensidad que bordea lo mesiánico. El 6-0 no es, pues, mero resultado deportivo: es narrativa de nación en construcción.
Pero los colombianos debemos mirar con cautela. Nuestra selección lidera su grupo tras vencer a Uzbekistán, y la euforia mediática —“la fiebre mundialista”, tituló La Opinión desde Monterrey— puede nublar el juicio. El anfitrión canadiense, si avanza como primer del Grupo B, podría cruzarse en octavos o cuartos con quienes ahora celebramos. La historia del fútbol está poblada de anfitriones que crecieron hasta lo inesperado: Corea-Japón 2002, donde ambos llegaron lejos; Brasil 2014, donde el 7-1 de Alemania demostró que la localía también puede convertirse en peso insoportable.
La pregunta inicial, entonces, no admite respuesta binaria. Ser anfitrión es ventaja e inconveniente, catalizador y trampa. Canadá, con esta goleada, ha elegido el camino del optimismo histórico. Pero el Mundial es largo, y los torneos cortos premian la regularidad, no el arreón inaugural. Lo que vimos en Vancouver fue, quizás, el partido perfecto de una selección en el momento perfecto. La dificultad radica en que la perfección, en el deporte como en la política, raramente se repite.
El cierre del grupo definirá si esto fue epifanía o espejismo. Suiza, con igual puntaje y cuatro goles contra Bosnia-Herzegovina, no parece dispuesta a ceder el primer lugar. Canadá deberá confirmar contra los helvéticos lo que Catar, reducido y desmoralizado, no pudo exigirle: la capacidad de ganar sin condimentos externos. Porque al final, como enseñaba Popper, la sociedad abierta —y el fútbol que la expresa— se mide no por sus triunfos en condiciones favorables, sino por su resistencia cuando estas desaparecen.