La Dirección de Crédito Público anunció una reorientación estratégica en la estructura de la deuda externa colombiana: busca reducir la concentración en dólares e incorporar pasivos en monedas asiáticas. Según su director, Javier Cuéllar, la medida responde a la volatilidad del dólar y a la oportunidad de correlacionar riesgos de cambio con otras divisas.
La lógica es clara. Colombia financia su déficit fiscal y sus inversiones de infraestructura con crédito externo denominado mayormente en dólares estadounidenses. Cuando el billete verde se fortalece (como ocurrió entre 2022 y 2024), el peso de la deuda crece en términos locales, presionando el balance fiscal. Si parte de esa deuda estuviera en yuanes chinos, rupias indias o wones surcoreanos, la correlación de movimientos podría amortiguar el impacto de una apreciación dólar.
El contexto regional importa
Esta decisión no ocurre en vacío. Brasil ya diversificó su deuda hacia monedas asiáticas hace años; Perú y Chile exploran opciones similares. La razón es estructural: Asia representa hoy el 35% del PIB global y sus mercados de capitales crecen más rápido que los occidentales. Los bancos de desarrollo chino e indio —el Banco Asiático de Desarrollo, el Banco de Inversión de los BRICS— ofrecen condiciones competitivas y, en algunos casos, menores exigencias de gobernanza que el Banco Mundial o el BID.
Pero hay una trampa. Diversificar deuda no es lo mismo que diversificar fuentes de financiamiento. Si Colombia emite bonos en yuanes en mercados de Shanghai o Hong Kong, enfrenta dos riesgos nuevos: primero, la liquidez de esos mercados es menor que la de Nueva York, lo que puede encarecer el crédito; segundo, la exposición a regulaciones chinas sobre movimiento de capitales, que pueden cambiar sin aviso.
El dilema de las monedas emergentes
Una deuda en rupias o wones expone a Colombia a la volatilidad de esas monedas frente al dólar. Si el yuan se deprecia 15% contra el dólar (como pasó en 2023), una deuda en yuanes se vuelve más cara de servir en términos de dólares. El gobierno estaría cambiando un riesgo por otro, no eliminándolo.
Lo que sí tiene sentido es diversificar hacia monedas con ancla de estabilidad relativa. El euro, la libra esterlina o el franco suizo son opciones más seguras, aunque menos rentables en términos de tasas de interés. Algunos bonos en dólares canadienses o australianos podrían funcionar como colchón.
Implicaciones fiscales reales
Para Colombia, el impacto depende de cuánta deuda se redirija. Si es un 10–15% del stock total, el efecto es marginal pero útil. Si el gobierno intenta mover 40% o más hacia asiáticas, está asumiendo un riesgo de concentración en mercados menos profundos y con regulaciones menos predecibles.
El verdadero problema de fondo no es la moneda de la deuda, sino el tamaño de la deuda misma. Colombia llegó a una relación deuda-PIB de 62% en 2024, según el Banco de la República. Eso es manejable comparado con Brasil (75%) o Italia (140%), pero está en el límite de lo prudente para una economía con volatilidad de ingresos por commodities.
Diversificar monedas es una táctica de gestión de riesgos. No es una estrategia de sostenibilidad fiscal. Eso requiere reducir el gasto corriente, mejorar la recaudación tributaria y aumentar la productividad de la inversión pública. Ninguna de esas cosas se resuelve emitiendo en yuanes.
Lo que viene
Si la Dirección de Crédito Público logra acceso a mercados de bonos asiáticos a tasas competitivas, es una victoria táctica. Pero el gobierno debe ser transparente sobre los términos: tasas, plazos, cláusulas de cambio de control, y cómo esos bonos se integran en la estrategia de deuda de mediano plazo.
La región observa. Si Colombia lo hace bien, otros países andinos lo imitarán. Si sale mal —si los bonos en yuanes resultan ilíquidos o si las regulaciones chinas cambian de repente—, será una lección costosa sobre los límites de la diversificación financiera en mercados emergentes.
Por ahora, es una apuesta racional. Pero no es una solución.