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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 16 jun 2026

Colombia debuta en el Azteca con una selección de peso y una duda de fondo

¿Es la continuidad una virtud o una trampa? La alineación de Lorenzo ante Uzbekistán invita a reflexionar sobre el riesgo de la predictibilidad.

Colombia debuta en el Azteca con una selección de peso y una duda de fondo — Deportes, ilustración editorial

¿Qué nos dice una alineación inamovible sobre el estado de una selección? Colombia llega al Estadio Azteca con un once que se conoce de memoria: Camilo Vargas; Daniel Muñoz, Jhon Lucumí, Davinson Sánchez, Johan Mojica; Jefferson Lerma, Gustavo Puerta; James Rodríguez; Luis Díaz, Luis Suárez y Jhon Arias. Néstor Lorenzo repite la fórmula de los amistosos contra Costa Rica y Jordania, y la pregunta que surge no es táctica sino, en cierto modo, filosófica: ¿la continuidad fortalece la identidad o anestesia la capacidad de respuesta ante lo imprevisto?

Hay algo de Tocqueville en esta observación. El francés advirtió que las democracias estables corren el riesgo de volverse presas de sus propias costumbres, incapaces de adaptarse cuando el contexto exige ruptura. No estoy comparando un partido de fútbol con el destino de una república, mutatis mutandis, la lógica se aplica. Uzbekistán, debutante absoluto en Copas del Mundo, es un enigma. Perdió sus dos amistosos previos contra Canadá y Países Bajos, pero precisamente esa opacidad convierte a su rival en peligroso. No hay heurística, no hay archivo. Enfrentar a lo desconocido con lo predecible puede ser, más que virtud, apuesta riesgosa.

El dato que subyace es inquietante: Colombia juega su séptima Copa del Mundo, Uzbekistán su primera. La experiencia histórica debería inclinar la balanza, y sin embargo el fútbol contemporáneo ha multiplicado los casos en que la novicia sorprende al veterano. El estadio Azteca, ese escenario donde Maradona coronó a Argentina en 1986, no garantiza nada por mero magnetismo territorial. Los colombianos debemos recordar que los escenarios míticos premian al que ejecuta, no al que recuerda.

James Rodríguez, a sus treinta y cinco años, sigue siendo el eje alrededor del cual gravita el equipo. Su presencia en el mediocampo no es discutible en términos de talento, pero sí de ritmo. El fútbol de selecciones, con sus concentraciones breves y sus partidos esporádicos, permite que el genio individual compense lo que la máquina colectiva pierde en sincronía. Pero ¿hasta cuándo? Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal; en el deporte existe algo así como la banalidad del declive, ese proceso en que la excepción se vuelve norma sin que nadie anote la fecha de caducidad.

Luis Díaz, por el contrario, representa la vertiente opuesta: velocidad, imprevisibilidad, el presente tangible. Su temporada en el Liverpool ha consolidado una madurez que antes era potencial. La dupla con Luis Suárez —no el uruguayo, sino el delantero colombiano cuyo apellido invita a la confusión— completa un ataque que, sobre el papel, debería superar sin dificultad a una defensa uzbeka sin referentes internacionales. Sobre el papel.

El horario, 9:00 de la noche en Colombia, convierte al partido en ritual colectivo nocturno. Es curioso cómo el fútbol mundial sigue organizando el tiempo público de las naciones. No hay ley que lo imponga, no hay decreto que lo regule, y sin embargo millones de colombianos ajustarán sus agendas sin que nadie les ordene. Karl Popper habría encontrado aquí una metáfora de la sociedad abierta: la coordinación espontánea, la adhesión voluntaria a un acontecimiento compartido. La res publica del balón.

La crítica que corresponde hacer, sin caer en el panfleto, es que la oposición política al gobierno actual ha intentado apropiarse simbólicamente de la selección, como si triunfos deportivos validaran o invalidaran gestiones administrativas. Es un error frecuente, transversal a ideologías, y merece ser señalado sin ambigüedades. El fútbol no es epílogo de la política, ni su refugio. Cuando el gobierno acierta en materia deportiva —y la organización de la preparación parece haber sido funcional—, reconocerlo no es concesión sino honestidad intelectual.

Colombia llega con dos victorias en amistosos; Uzbekistán, con dos derrotas. Las estadísticas son el opio de los comentaristas, decía alguien que no existió pero debería haber existido. En el Azteca, la noche del 17 de junio, los números previos serán papel mojado. Lo que quedará es una alineación que apuesta todo a la continuidad, y una pregunta que solo el desarrollo del torneo podrá responder: ¿era esta selección tan predecible como parecía, o Lorenzo conocía algo que el resto ignorábamos?

El cierre, como debe ser, no cierra.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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