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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 17 jun 2026

¿Qué esperar cuando nada está garantiado en el debut mundialista?

Colombia inicia su camino en el Mundial 2026 sin certezas absolutas, solo con la responsabilidad de construirlas sobre la marcha.

¿Qué esperar cuando nada está garantiado en el debut mundialista? — Deportes, ilustración editorial

Hay algo peculiarmente democrático en un Mundial de fútbol que los sistemas políticos cerrados envidian sin lograr reproducir: durante noventa minutos, Uzbekistán y Colombia hablan el mismo idioma. No es menosprecio al rival asiático —de cuyo fútbol sabemos poco, lo cual ya es una forma de menosprecio institucional— sino constatación de que el sorteo ha abolido jerarquías históricas. El empate entre Portugal y República Democrática del Congo en el mismo grupo K sugiere que la geometría del torneo admite sorpresas desde el primer día. ¿Estamos preparados para esa contingencia?

Los colombianos debemos preguntarnos qué significa realmente “debut mundialista” en una era donde la información abunda y el conocimiento genuino escasea. Lorenzo, según la crónica, anunció la titular. Pero una alineación no es un argumento, y menos aún una garantía. Tocqueville observó en la América del siglo XIX que las democracías tienden a confundir la forma con el fondo, el procedimiento con el resultado. El fútbol contemporáneo padece de esa misma confusión: creemos que porque existe un director técnico, un once inicial y una estrategia prensada, el desenlace está controlado. El balón rueda para recordarnos lo contrario.

El grupo K ofrece un espejo interesante. Portugal, con toda su tradición europea, no pudo con una selección africana que muchos —yo incluido— ubicaríamos como segunda o tercera fuerza del continente. Eso no convierte a la RD del Congo en favorita, ni deslegitima al equipo luso. Simplemente revela que en el fútbol, como en la política, las categorías rígidas son instrumentos de comodidad mental, no descripciones de la realidad. Popper, en su defensa de la sociedad abierta, insistía en que la predicción histórica es imposible precisamente porque los actores humanos aprenden y se adaptan. Un once uzbeco que ha estudiado videos de James Rodríguez o Luis Díaz durante meses entra al campo como sujeto activo, no como comparsa.

La pregunta central, entonces, no es si Colombia ganará o perderá su primer partido. Es si estamos dispuestos a sostener el juicio crítico independientemente del resultado. He aquí mi preocupación: la polarización que aqueja nuestra vida pública ha colonizado también el deporte. Hay quienes verán en una victoria una vindicación del gobierno actual, como si el balón obedeciera instrucciones del Palacio de Nariño. Hay quienes verán en una derrota un pretexto para el desborde catastrofista, la retórica del “país que no funciona”. Ambas posturas son, mutatis mutandis, formas de totalitarismo doméstico: la subordinación de un fenómeno autónomo —el deporte— a una narrativa política preconcebida.

No soy ingenuo. Sé que el fútbol nacional tiene una dimensión política legítima. Luis Carlos Galán entendió esto mejor que nadie cuando vinculó el civismo deportivo con el civismo republicano. Pero esa vinculación exige precisamente que preservemos la autonomía de cada esfera. Un Estado de derecho funcional no confunde el éxito de la selección con el éxito de su gestión, ni el fracaso deportivo con el fracaso institucional. La Bitácora ha sostenido esto durante años: la separación de poderes es también, en sentido amplio, separación de ámbitos de juicio.

¿Qué esperar del partido contra Uzbekistán? Solo lo que el esfuerzo colectivo, la inteligencia táctica y cierta dosis de fortuna puedan generar. Nada más, nada menos. El resto —pronósticos triunfalistas, demonizaciones anticipadas— es ruido ideológico que sofoca la experiencia genuina del espectador. Arendt advertía que el totalitarismo prospera donde la gente deja de distinguir entre realidad y ficción. En el fútbol, esa distinción se mide en goles. En la política, en instituciones que resistan la presión del momento. Que este debut mundialista nos recuerde ambas cosas: el mérito deportivo y el deber cívico de no confundirlas.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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