La inflación colombiana aceleró en abril a 5,68% anual, marcando un repunte de 52 puntos base respecto a marzo. Aunque la cifra se mantiene dentro del rango meta del Banco de la República (2% a 4%), la trayectoria ascendente y la posición relativa frente a pares desarrollados exponen vulnerabilidades estructurales que van más allá del corto plazo.
Lo preocupante no es solo el número, sino el contexto. Colombia ocupa ahora el segundo lugar en costo de vida entre los 38 países miembros de la OCDE, apenas por debajo de Turquía, que enfrenta dinámicas inflacionarias propias de una economía en turbulencia geopolítica. Estar en esa posición junto a naciones desarrolladas como Alemania, Francia y Canadá —cuyos índices de precios rondan el 2%— es un indicador de desalineamiento macroeconómico.
El ancla de la demanda interna
La persistencia inflacionaria refleja un desequilibrio entre oferta y demanda que las autoridades monetarias han intentado corregir mediante alzas de tasas de interés. El Banco de la República ha mantenido una postura restrictiva, pero el efecto de transmisión a la economía real tarda. Mientras tanto, el consumo privado sigue presionando precios, alimentado por remesas que crecen en dólares pero se gastan en pesos, y por una política fiscal que no ha consolidado el ajuste necesario.
Comparativamente, Chile y Perú —economías andinas con estructuras similares— han logrado mantener inflaciones más controladas (cercanas al 3% en los últimos meses). La diferencia radica en la credibilidad de sus marcos institucionales y en la consistencia de sus políticas. Colombia, por el contrario, enfrenta dudas sobre la independencia del banco central y sobre la sostenibilidad fiscal a mediano plazo.
Implicaciones para la competitividad
Un costo de vida elevado erosiona la competitividad de las exportaciones no tradicionales. Las empresas colombianas de servicios, manufactura ligera y agroindustria ven comprimidos sus márgenes cuando los salarios nominales suben para mantener el poder adquisitivo, pero los precios internacionales no acompañan. Esto es especialmente crítico en sectores que compiten directamente con México, que mantiene inflaciones más bajas y se beneficia de la proximidad a Estados Unidos.
Para el sector exportador, la inflación también afecta indirectamente a través de la tasa de cambio. Un peso débil (que abarata las exportaciones) es tentador a corto plazo, pero si la inflación doméstica no cede, el efecto se disipa rápidamente. Los importadores, por su parte, enfrentan presiones de costos que terminan trasladándose al consumidor final.
El riesgo de expectativas desancladas
Lo más delicado es que la inflación de dos dígitos en ciertos rubros —alimentos, transporte, servicios— puede desanclar las expectativas de inflación futura. Si los agentes económicos comienzan a anticipar inflaciones persistentes, la dinámica se vuelve más difícil de controlar. Encuestas recientes de expectativas muestran signos de desanclamiento, particularmente en horizontes de 12 meses.
Esto tiene consecuencias directas para las negociaciones salariales. Sindicatos y empleadores incorporan expectativas de inflación en sus acuerdos, lo que genera un efecto de segunda ronda: salarios más altos presionan costos, que se trasladan a precios, que justifican nuevas demandas salariales.
Qué significa para la región
La posición de Colombia como el segundo país más caro de la OCDE no es un problema aislado. Señala que mientras México consolida su posición como plataforma de manufactura competitiva en el hemisferio occidental, y mientras Chile y Perú mantienen estabilidad de precios, Colombia está quedando rezagada. Esto importa porque afecta decisiones de inversión extranjera directa, localización de operaciones regionales y, en última instancia, generación de empleo.
Para el próximo ciclo de negociaciones comerciales —incluyendo cualquier revisión del TLC con Estados Unidos— una inflación persistente debilita la posición negociadora de Colombia. Washington valora socios con marcos macroeconómicos creíbles. Una inflación fuera de control es, en ese contexto, un síntoma de debilidad institucional.
La ventana de acción
El Banco de la República tiene espacio limitado pero real para actuar. Si la inflación no cede en los próximos dos meses, nuevos alzas de tasas serán inevitables, con el costo de ralentizar aún más el crecimiento. El Gobierno, por su parte, debe acelerar el ajuste fiscal y evitar impulsos de demanda que contrarresten el trabajo monetario.
La buena noticia es que Colombia aún no está en territorio de inflación galopante. La mala es que la trayectoria ascendente, combinada con la posición relativa en la OCDE, sugiere que el problema es más estructural que coyuntural. Eso requiere respuestas más profundas que solo tasas más altas.