¿Es la violencia post-partido una excepción patológica o el síntoma de una ciudadanía que ha olvidado el límite entre lo público y lo privado? La pregunta no es retórica tras lo ocurrido en Nueva York: cincuenta y seis detenidos, diez agentes heridos, patrullas destrozadas y un taxi a punto de ser volcado con pasajeros dentro, todo porque los Knicks remontaron una final de NBA que ya parecía perdida.
El dato deportivo es memorable: OG Anunoby anotó el palmeo decisivo a un segundo del final, y los neoyorquinos lograron la mayor remontada en la historia de las Finales. Pero el dato cívico lo eclipsa. La NYPD, que días antes había blindado la ciudad para la visita de Donald Trump al Madison Square Garden, no pudo —o no quiso— imponer el mismo dispositivo para una muchedumbre que, en su propio reconocimiento, mostró “un comportamiento increíblemente imprudente y peligroso”. La tensión entre la eficiencia policial para proteger a un jefe de Estado y su incapacidad para contener a 10.000 aficionados entre la Quinta y la Octava Avenida merece reflexión aparte.
Arendt advertía sobre la banalidad del mal; quizás debamos hablar también de la banalidad del desorden. No se trata de una revuelta política con causas estructurales que analizar. Se trata de jóvenes —la mayoría, suponemos— que saltan sobre vehículos ocupados, que arrojan botellas de cristal contra la cabeza de un policía, que intentan volcar un taxi porque su equipo ganó un partido de baloncesto. La ausencia de motivación no hace el fenómeno menos grave; lo hace más inquietante. Cuando la violencia no necesita justificación, la sociedad deja de tener un diagnóstico claro.
La Policía de Nueva York, con la prudencia institucional que le cabe, reconoció que la ciudad vive “un momento emocionante”. Es cierto: los Knicks no disputaban unas finales con este nivel de expectativa desde hace décadas. Pero la emoción deportiva, mutatis mutandis, debería ser el espacio donde la comunidad se reafirma, no donde se disuelve. Tocqueville observaba en la democracia americana una extraña combinación de individualismo y participación cívica; lo que vimos en Manhattan fue el individualismo desbocado, sin contrapeso comunitario alguno.
No es un fenómeno exclusivamente estadounidense. En América Latina conocemos bien las celebraciones que terminan en tragedia: las finales de fútbol que dejan muertos en las tribunas, los saqueos post-título que confunden euforia colectiva con impunidad temporal. La diferencia, si acaso, es que Nueva York se jacta de ser una ciudad donde el Estado de derecho funciona con mayor solidez que en nuestras latitudes. Que allí ocurra esto sugiere que el problema trasciende las fronteras del desarrollo institucional. Es cultural antes que político.
Entre los detenidos, quince fueron arrestados y cuarenta y uno recibieron citaciones judiciales. Los delitos —agresión a agente, posesión ilegal de arma blanca, conducta temeraria, daño a la propiedad— no son menores. Pero la pregunta que persiste es si la respuesta penal será suficiente para restablecer una norma social que parece erosionada. Popper, en su defensa de la sociedad abierta, insistía en que la civilización depende de la continua crítica a nuestras propias instituciones; también, supongo, de la continua educación de nuestras pasiones.
El deporte, en su mejor versión, es escuela de ciudadanía: reglas claras, árbitros imparciales, victoria y derrota asumidas con ecuanimidad. Cuando el espectáculo se convierte en pretexto para la barbarie, pierde su razón de ser. Los Knicks pueden ganar el campeonato; Nueva York, sin embargo, ya perdió algo más difícil de recuperar.