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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 9 jun 2026

La lección de Wembanyama es una lección sobre la res publica

El francés demostró que el talento individual solo florece cuando el colectivo encuentra su forma.

La lección de Wembanyama es una lección sobre la res publica — Deportes, ilustración editorial

¿Qué nos enseña una final de baloncesto sobre cómo funcionan las instituciones? La pregunta no es retórica. El juego 3 de estas Finales de la NBA, que San Antonio le arrebató a Nueva York en el Madison Square Garden, ofrece una metáfora inesperadamente precisa sobre algo que los colombianos debemos recordar: ni el genio más brillante resiste solo, y ni el sistema más sólido sobrevive sin corrección.

Victor Wembanyama había fallado la canasta del triunfo en el juego 2. Había cometido el pase perdido que costó el segundo encuentro. En el lenguaje deportivo, “se había tragado la presión”; en el nuestro, había fracasado en el momento decisivo. Pero el lunes, con 32 puntos, ocho rebotes, seis asistencias y tres tapones, el pívot francés no solo se reivindicó: demostró que el ajuste táctico —más juego cerca del aro, cuatro alley-oops, una distancia de tiro que bajó de 15,2 a 10,6 pies según datos de GeniusIQ— era posible porque el equipo lo permitía. Sin los 23 puntos de Stephon Castle, sin las 28 asistencias colectivas, sin la defensa que frenó a 2 de 12 en triples a los Knicks en el último cuarto, Wembanyama habría sido un monumento aislado, no un líder.

Esto no es analogía forzada. Hannah Arendt, en Sobre la revolución, distingue entre el poder como capacidad de actuar en conjunto y la violencia como recurso del individuo aislado. El poder, decía, desaparece cuando la pluralidad se desintegra. Los Knicks, en el juego 3, sufrieron algo similar: Jalen Brunson anotó 32 puntos pero perdió cinco balones; Karl-Anthony Towns y Mikal Bridges, que habían promediado más de 20 en los primeros encuentros, se desvanecieron. El peso individual, sin la distribución del esfuerzo, se convirtió en su contrario: no potencia, sino fragilidad.

Tocqueville observó en la América del siglo XIX que las asociaciones voluntarias —los clubes, los periódicos locales, las milicias— eran el antídoto contra la tiranía del individuo aislado. La democracia, decía, no se sostiene por la suma de genios sino por la multiplicación de responsabilidades compartidas. Los Spurs, con seis jugadores en doble dígito y un promedio de asistencias que se duplicó, redescubrieron en el momento más oportuno algo que los Knicks habían olvidado: que la ventaja de 2-0 en la serie no garantiza nada si el colectivo se resiente.

El dato estadístico que más merece atención no es el récord de Wembanyama superando a Dikembe Mutombo en tapones de postemporada desde 1974. Es que San Antonio, después de perder dos veces en casa, encontró su mejor versión como visitante. Eso no es romanticismo deportivo: es evidencia de que las instituciones —un equipo de baloncesto, una corte, un congreso— pueden corregirse si reconocen el error y ajustan. El populismo institucional, esa tentación de confiar todo a un solo líder carismático, fracasa porque ignora lo que Popper llamaba la “sociedad abierta”: la posibilidad de criticar, corregir, mejorar sin demolición.

Mike Brown, entrenador de los Knicks, ahora enfrenta el espejo inverso: ¿cómo recuperar la fórmula colectiva que le dio las dos primeras victorias cuando sus aleros, Anunoby y Hart, perdieron el ritmo en Texas? La pregunta no es técnica, es estructural. Un sistema que depende de dos o tres individuos es, mutatis mutandis, un sistema político que depende de dos o tres familias, de dos o tres empresas, de dos o tres regiones. La concentración genera aparente eficiencia y real vulnerabilidad.

Los colombianos hemos visto esta película. La alternancia presidencial, la independencia judicial, la descentralización administrativa no son lujos institucionales: son la versión política de esas 28 asistencias. Cuando funcionan, el talento individual —de quien sea, de cualquier bando— encuenta su mejor expresión. Cuando se concentran, el sistema entero queda expuesto a una sola pérdida de balón en el momento equivocado.

El juego 4 se juega este miércoles en el Madison Square Garden. Si San Antonio iguala la serie, el juego 5 en Texas adquirirá, como dicen los cronistas, “una dimensión completamente distinta”. Pero la dimensión que ya ha cambiado es otra: la certeza de que ninguna ventaja es irreversible, ningún genio autosuficiente, ningún colectivo incorregible. En eso, el baloncesto y la política comparten una verdad incómoda que preferimos olvidar hasta que un pívot francés de 22 años nos la devuelve con tres tapones y una lección de humildad institucional.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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