¿Dónde trazamos la línea entre la exigencia legítima que todo espectáculo deportivo supone y la pretensión de disponer sobre la vida de quienes lo protagonizan? La pregunta cobra urgencia cuando un joven de veinticinco años, formado en las canchas del Deportes Tolima y debutante en una Copa del Mundo, debe pedirle a su propio país que no le haga daño a su familia. Según reporta El Nuevo Día, Jaminton Campaz recibió amenazas tras la eliminación de la Selección Colombia ante Suiza. Su respuesta —digna, serena, casi cívica— contrasta con la ferocidad de quienes confunden una camiseta con un contrato de sangre.
El fenómeno no es nuevo, pero su recurrencia no lo hace tolerable. En 1994, el defensor colombiano Andrés Escobar pagó con su vida un autogol en Estados Unidos. Treinta y dos años después, la sociedad colombiana debería haber aprendido que ningún resultado deportivo merece la muerte de quien lo disputa. Sin embargo, la pulsión permanece. Hannah Arendt, meditando sobre la banalidad del mal, observó que la crueldad se vuelve mecánica cuando el agresor no necesita mirar a la víctima. El teclado cumple esa función de distancia moral, y la democratización de las redes sociales ha acelerado el linchamiento hasta convertir a cada usuario en potencial verdugo anónimo.
Campaz, en su declaración reproducida por El Nuevo Día, recordó que representar a Colombia fue “uno de los mayores sueños de su vida”. El diario ibaguereño cita sus palabras: “Cumplí el sueño de jugar un Mundial”. La frase merece detención. El fútbol moderno, ese espectáculo global de billones de dólares, descansa sobre una paradoja que los colombianos debemos confrontar: exige de sus protagonistas una entrega casi feudal —cuerpo, juventud, identidad nacional— mientras los expone a una opinión pública despiadada que los descarta como mercancía fallida. El jugador es, simultáneamente, héroe y chivo expiatorio. Cuando anota, encarna la nación; cuando erra, traiciona a la patria. Esa lógica perversa no es accidente: es el reverso obligado de una identidad colectiva construida sobre resultados inmediatos y emociones sin mediación.
La defensa de Campaz por parte de figuras del fútbol tiene un valor que trasciende la solidaridad gremial. Según la misma fuente, Ángel Di María, argentino y campeón del mundo, le escribió un mensaje de ánimo que incluía esta observación: “El fútbol siempre da revancha”. La frase contiene una sabiduría que el hincha irracional rechaza: el deporte es iterativo, no definitivo. Ningún partido cierra una carrera, ninguna derrota agota una vida. Los que amenazan, en cambio, operan bajo una lógica escatológica: la eliminación es el fin del mundo, y alguien debe pagar. Es la misma mentalidad que, en política, justifica la persecución del adversario; en economía, la estigmatización del migrante; en lo cotidiano, la violencia de tránsito. El fútbol no crea monstruos: los revela, les da tribuna, les permite disfrazar de pasión lo que es patología.
El Estado, aquí, tiene una responsabilidad que no puede delegar. Las amenazas contra Campaz son delitos, no exabruptos. La Fiscalía y la Policía deben actuar con la celeridad que la ley permite, no con la parsimonia habitual cuando el afectado no es político o empresario. Pero más allá de la represión penal, urge una reflexión cultural. Las federaciones deportivas, los clubes, los medios —incluidos los que alimentamos la expectativa con titulares feroces— participamos de un ecosistema que glorifica la victoria absoluta y estigmatiza cualquier mediocridad. El “todo o nada” no es solo eslogan: es programa de conducta.
Según El Nuevo Día, Campaz aseguró que volvería a representar a Colombia “una y mil veces”. La frase tiene algo de promesa cívica, de resistencia contra la desafección. Pero los colombianos debemos preguntarnos si merecemos esa lealtad. Cuando un joven que cumplió el sueño de millones termina pidiendo, no aplausos, sino simple seguridad para su familia, la patria que representó le ha devuelto una lección de vergüenza. La pregunta que deja el caso no es si Campaz volverá a la Selección, sino si nosotros seremos, alguna vez, una sociedad capaz de distinguir entre derrota y deshonra. Porque la derrota fue en una cancha de Suiza. La deshonra, esa, la estamos construyendo nosotros mismos.
Fuente: El Nuevo Día