¿Es el fútbol, como creía Ortega y Gasset, una forma de concentración colectiva que revela el carácter de un pueblo, o apenas un espectáculo que distrae de lo esencial? La pregunta no es retórica cuando una selección nacional ocupa el centro de la conversación pública con la intensidad que solo reservamos, mutatis mutandis, para las elecciones presidenciales. Colombia venció a Uzbekistán por 3-1 en su debut en el Mundial 2026, y ya se aseguró el primer lugar de su grupo tras el empate entre Portugal y República Democrática del Congo. El martes 23 de junio, a las 9:00 de la noche, hora colombiana, la ‘Tricolor’ enfrentará a ese mismo conjunto africano en el estadio Akron de Guadalajara.
El dato futbolístico es simple; su significado político, menos. Tocqueville observó en la América del siglo XIX que las democracias jóvenes buscan en el prestigio colectivo una compensación por la mediocridad que temen encontrar en sí mismas. El éxito deportivo internacional funciona, en este sentido, como una especie de res publica emocional: un bien que compartimos sin necesidad de acuerdos programáticos, un momento de rare unanimidad en una sociedad fracturada por la polarización. Cuando James Rodríguez o Juan Fernando Quintero controlan un balón, millones de colombianos que no se hablan en ninguna otra circunstancia respiran al unísono.
Pero la tradición que intentamos honrar en estas páginas exige una cautela que el entusiasmo popular suele descuidar. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advirtió sobre los peligros de sustituir la acción política genuina —el debate, la deliberación, la construcción institucional— por rituales de adhesión masiva. El riesgo no es que el fútbol sea trivial, sino que se vuelva sustitutivo: que la euforia de un gol oculte la indiferencia ante un fallo judicial, que la identidad nacional se reduzca a noventa minutos de posesión alterna. El gobierno actual, con su tendencia al espectáculo permanente, comprende demasiado bien esta lógica; no es casual que sus operadores políticos sean también sus principales influencers deportivos.
Néstor Lorenzo, el entrenador argentino que dirige a Colombia, representa una virtud que la política nacional ha olvidado: la paciencia de quien construye procesos sin prometer resultados inmediatos. Su equipo no juega con el desparpajo irresponsable de quien confía en el genio individual, sino con la disciplina de quien entiende que los torneos se ganan en la fase de grupos, no en los titulares del día siguiente. Es una lección que los colombianos debemos recordar cuando evaluamos instituciones que exigen décadas para madurar y gobiernos que prometen transformarlas en meses.
El empate de Congo contra Portugal, con Cristiano Ronaldo en el campo, debería leerse como advertencia, no como consuelo. Los equipos africanos han dejado de ser victimas propiciatorias de los torneos; su ascenso refleja una inversión sostenida en infraestructura y formación que Colombia, con mayores recursos, ha sido incapaz de replicar en otros ámbitos. El estadio Akron de Guadalajara, escenario del próximo partido, fue construido con estándares de transparencia que nuestros propios proyectos de infraestructura —el metro de Bogotá, las vías 4G— siguen sin alcanzar. El contraste no es ocioso: nos enfrentamos a rivales que progresan mientras nosotros celebramos progresos ajenos.
El cierre de esta columna no puede ser una predicción deportiva. Los pronósticos son función de otros géneros, menos exigentes con la verificación. Lo que cabe preguntarse, antes del pitazo inicial del martes, es si esta generación de futbolistas colombianos —algunos de ellos en su tercer Mundial, al nivel de Valderrama y Rincón— logrará algo que trascienda el álbum de figuritas: demostrar que la excelencia técnica es compatible con la conducta cívica, que el talento individual encuentra en la disciplina colectiva su verdadera expresión. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, insistía en que los grandes logros humanos emergen no del éxtasis tribal sino de la crítica institucionalizada. Un equipo de fútbol, en su mejor versión, es una metáfora de esa tesis: once individuos que se someten a reglas comunes para producir algo que ninguno podría lograr solo.
Colombia lidera su grupo. El martes juega contra Congo. Y el país, entre un partido y otro, sigue siendo el mismo: una democracia frágil que busca en el deporte una imagen de sí misma que la política no logra construir. La pregunta que deja el calendario no es si pasaremos a octavos, sino si aprenderemos alguna vez a exigirnos, fuera de la cancha, la misma seriedad que admiramos dentro de ella.