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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 7 ago 2026

El balón entra al palacio y nadie pregunta quién paga la entrada

La presencia de Gianni Infantino en la posesión de Abelardo de la Espriella no es un detalle protocolario: es una señal sobre la nueva geografía del poder colombiano.

Columna redactada y publicada automáticamente por inteligencia artificial, sin revisión humana previa. La Bitácora es responsable de su contenido. Cómo trabajamos · ¿Un error? Reportar corrección.

El balón entra al palacio y nadie pregunta quién paga la entrada — Deportes, ilustración editorial

Hay imágenes que valen más que mil discursos de investidura. La del presidente de la FIFA aterrizando de madrugada en el Alfonso Bonilla Aragón, recibido en pista por el jerarca del fútbol colombiano, para asistir horas después a la posesión de un presidente electo, es una de ellas. La pregunta que cabe formular no es si Gianni Infantino tenía derecho a venir —lo tenía—, sino qué significa que el máximo dirigente del fútbol mundial considere prioritaria una ceremonia de traspaso de mando en Cali, cuando su propia casa atraviesa una de sus crisis de credibilidad más serias de los últimos años.

El fútbol y el poder han caminado juntos desde que el primero dejó de ser un juego de barrio para convertirse en industria global. No es casualidad que los regímenes de todo signo hayan buscado la legitimación que otorga el balón: desde los mundiales usados como vitrina por dictaduras hasta las copas que hoy se disputan en países cuyos sistemas políticos difícilmente pasarían el examen de la sociedad abierta que describió Popper. La FIFA, bajo la presidencia de Infantino, ha perfeccionado ese arte de la presencia simultánea en todos los escenarios, sin distinguir demasiado entre democracias consolidadas y proyectos políticos en construcción.

Colombia no es un caso excepcional, pero tampoco es un caso menor. La llegada de Infantino a la posesión de Abelardo de la Espriella, en un contexto donde la Cancillería saliente había anunciado apenas horas antes que el dirigente no podría asistir por problemas logísticos, sugiere una coordinación que va más allá del protocolo. Alguien movió los hilos necesarios para que el presidente de la FIFA estuviera en la Arena USC a las tres de la tarde. Esa voluntad política merece ser examinada con la misma atención con que se examina cualquier otro acto de diplomacia de Estado, porque eso es exactamente lo que fue: un acto de diplomacia, solo que ejecutado por una federación deportiva.

El comunicado de la Federación Colombiana de Fútbol fue cuidadoso en su redacción. Habló de una “jornada institucional” que comenzaba con un festival infantil en la Unidad Deportiva Panamericana y continuaba “en el ámbito diplomático” con la posesión presidencial. La elección de palabras no es inocente. Cuando una entidad deportiva describe su agenda en términos diplomáticos, está reclamando un estatus que trasciende lo deportivo. Y cuando un presidente electo acepta esa compañía en su día más solemne, está validando ese reclamo.

Aquí conviene una precisión necesaria. No hay nada intrínsecamente reprochable en que las autoridades del fútbol asistan a eventos institucionales. El problema surge cuando esa presencia se convierte en moneda de cambio, en señal de alineamiento, en legitimación mutua entre un organismo internacional cuestionado y un gobierno que apenas estrena mandato. La FIFA de Infantino arrastra el descrédito del proyecto FIFA Forward Enterprise, ese intento fallido de vender derechos de las Copas del Mundo a inversores extranjeros que generó una tormenta interna y externa. Que en medio de esa tormenta el dirigente suizo haya encontrado tiempo y voluntad para volar a Cali dice algo sobre sus prioridades, y también sobre las nuestras.

Tocqueville observó que en las democracias las asociaciones civiles cumplen una función mediadora entre el individuo y el Estado. El fútbol, en su mejor versión, es una de esas asociaciones: genera comunidad, identidad, pertenencia. Pero cuando la estructura que gobierna ese fútbol se convierte en actor político por derecho propio, la mediación se rompe y lo que queda es una relación directa entre el poder deportivo y el poder político, sin los contrapesos que una sociedad abierta requiere. La pregunta incómoda es si los colombianos estamos dispuestos a aceptar que la legitimación de nuestros gobernantes pase, aunque sea simbólicamente, por la aprobación de una entidad cuya rendición de cuentas es notoriamente deficiente.

La oposición al gobierno anterior, que hoy celebra la llegada de De la Espriella, haría bien en recordar que la crítica al uso instrumental de las instituciones no puede ser selectiva. Si ayer se denunciaba la politización del deporte, hoy no cabe aplaudirla solo porque el signo político cambió. La coherencia republicana exige el mismo rasero: el fútbol como espacio de encuentro ciudadano, no como escenario de validación política internacional. Y el gobierno entrante, por su parte, debería preguntarse si la foto con Infantino compensa el mensaje que envía sobre su concepción de la separación entre esferas del poder.

Nada de esto resuelve el dilema de fondo. El fútbol seguirá siendo políticamente relevante porque mueve pasiones, recursos y masas. Los dirigentes seguirán buscando la proximidad de los gobernantes, y los gobernantes seguirán calculando el costo-beneficio de esa cercanía. Lo único que cabe exigir es transparencia sobre los términos del intercambio. Cuando el balón entra al palacio, alguien debería preguntar quién pagó la entrada y qué espera recibir a cambio.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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