¿Cuánto pesa una corona cuando el partido empieza? Es la pregunta que flotó sobre el Manuel Murillo Toro este sábado, cuando Junior de Barranquilla saltó a la cancha de Ibagué con el cartel de bicampeón de Colombia y salió, noventa minutos después, con una derrota 2-1 que dice más que el marcador. El Deportes Tolima, con un técnico debutante en el banco —Sebastián Oliveros, bogotano, nuevo proceso—, le ganó al equipo que hace apenas un mes y medio levantaba el título ante Atlético Nacional. Y no le ganó por casualidad: le ganó porque fue más ordenado, más paciente y más letal en los momentos que importan.
El fútbol colombiano tiene una tradición cruel con sus campeones. El equipo que celebra en diciembre o en junio suele pagar en julio la factura de la complacencia: planteles desarmados, técnicos que se van, dirigencias que creen que el título compra puntos futuros. Junior llegó a Ibagué con altas sonadas —Francisco Fydriszewski, Pablo Ortiz— pero también con bajas sensibles, y con la pretemporada interrumpida por la Copa Colombia y los rumores de mercado, incluido el culebrón de Carlos Bacca y su supuesto acuerdo verbal con Cúcuta Deportivo que el club se apresuró a desmentir. Nada de eso es excusa, pero todo es contexto: los campeones que no renuevan su hambre suelen descubrir, en la primera fecha, que el hambre la tienen los otros.
Tolima, en cambio, jugó como juegan los equipos que tienen algo que demostrar. Jorge Hurtado abrió el marcador al minuto 37 con una jugada de manual: recepción en tres cuartos de cancha, conducción vertical, quiebre entre dos defensores y definición al palo derecho. Kelvin Flórez aumentó sobre el cierre del primer tiempo, apareciendo solo en el área tras el pase del mismo Hurtado. Dos goles, dos lecciones de lo que significa atacar los espacios que una defensa distraída concede. Junior, que había empezado con un gol anulado a Daniel Rivera por fuera de lugar previo, pasó el resto de la noche persiguiendo un partido que se le había escapado por distracción propia más que por mérito ajeno — aunque el mérito del Tolima es innegable.
Hay que ser justos con el bicampeón. El segundo tiempo mostró otro Junior: los ingresos de Yimmi Chará y Guillermo Celis cambiaron el ritmo, y el descuento de Guillermo Paiva al minuto 79, cabezazo tras tiro de esquina de Chará, metió al partido en un final de vértigo. Pero el fútbol, como la política, castiga a quien llega tarde. Tocqueville escribió que las instituciones —y podríamos decir, mutatis mutandis, los equipos— no se sostienen por su prestigio pasado sino por la disciplina cotidiana de quienes las habitan. Junior defendió su título durante once minutos finales; Tolima defendió su casa durante noventa.
El dato que debería preocupar en Barranquilla no es la derrota —las primeras fechas engañan, y la historia está llena de campeones que empezaron perdiendo— sino la manera. La crónica del partido registra una constante: errores defensivos, espacios a la espalda, dificultad para entrar al área rival. Son los mismos síntomas que el equipo mostró en la final de ida que perdió ante Nacional antes de la remontada épica. La diferencia es que en junio hubo tiempo de corregir; en un torneo corto como el Clausura, cada fecha pesa el doble. Y el calendario no perdona: la Copa Libertadores, la Copa Colombia y la Liga compiten por las mismas piernas.
Del lado vinotinto, la noche fue un manifiesto. Oliveros debutó con una victoria contra el campeón, con un Miguel Ortega seguro en el arco y con la convocatoria histórica de Santiago Urrutia, el extremo de las inferiores que por primera vez vistió la camiseta profesional. Los clubes colombianos viven quejándose de que no hay dinero para competir, y es cierto; pero Tolima recordó que la cantera y el orden táctico siguen siendo moneda de cambio. No es romanticismo: es aritmética deportiva.
Queda, claro, la pregunta de fondo que ningún resultado de la fecha 1 responde. El fútbol colombiano arranca su segundo semestre en medio de la puja por los derechos de televisión, del temor a un paro, de sanciones de la Superintendencia de Sociedades a directivos —el propio Tolima recibió una hace días— y de equipos como Deportivo Pereira con restricciones para fichar. Los clubes se desangran en los escritorios mientras piden resultados en la cancha. Junior perdió un partido en Ibagué; el fútbol colombiano lleva años perdiendo otro, más importante, en sus propias instituciones. La pelota, generosa, siempre vuelve a rodar. La confianza del hincha, en cambio, tiene un límite que ningún cabezazo al minuto 79 alcanza a salvar.