¿Qué celebra exactamente el fútbol colombiano cuando levanta el telón de un nuevo semestre? La pregunta no es retórica. Este sábado, el Deportes Tolima recibe al Junior de Barranquilla en el estadio Manuel Murillo Toro de Ibagué para abrir la fecha 1 de la Liga BetPlay, y el partido llega cargado de una paradoja que el balón, por sí solo, no puede resolver: el torneo avanza, los equipos se presentan, los hinchas llenan las tribunas, pero las estructuras que sostienen el espectáculo siguen agrietadas.
El Junior llega como bicampeón, con un plantel que mezcla figuras consolidadas como Yimmi Chará y Guillermo Paiva con incorporaciones recientes como Francisco Fydriszewski y Pablo Ortiz. El Tolima, por su parte, estrena técnico: Sebastián Oliveros asume el banquillo en un momento delicado para la institución, que hace apenas una semana recibió una sanción de la Superintendencia de Sociedades contra sus directivos. No es un detalle menor. Un club que arranca un nuevo proceso deportivo mientras sus administradores enfrentan cuestionamientos regulatorios es un síntoma de algo más profundo que un mal resultado.
El fútbol colombiano vive, desde hace años, una tensión que no logra resolver: la pasión popular que lo sostiene convive con una gestión institucional que lo debilita. Los clubes se endeudan, los derechos de televisión generan conflictos entre los llamados equipos grandes y el resto, y la Dimayor navega entre la presión comercial y la necesidad de gobernanza. El propio artículo que da pie a esta columna menciona, casi de pasada, el temor por un posible parón de la liga derivado de la puja por los derechos de televisión entre un grupo de ocho clubes y el resto. Que esa amenaza exista en la víspera del arranque del torneo dice mucho sobre la fragilidad del sistema.
No se trata de ser aguafiestas. El fútbol es, en Colombia, una de las pocas experiencias colectivas que todavía reúne a millones de personas alrededor de algo que no sea la política o la tragedia. Tocqueville observó que las asociaciones voluntarias son el tejido conectivo de las democracias, y el fútbol, en su mejor versión, es exactamente eso: un espacio donde la comunidad se reconoce a sí misma. Pero esa función social exige instituciones que la protejan, no que la exploten.
El Tolima, por ejemplo, convocó por primera vez a Santiago Urrutia, un extremo de sus divisiones inferiores que podría debutar como profesional ante el campeón. Es una noticia que debería celebrarse sin reservas: un joven que llega desde la cantera, formado en el club, con la oportunidad de mostrar su talento en el escenario más exigente del fútbol local. Pero esa celebración se empaña cuando se sabe que el mismo club que lo forma enfrenta sanciones administrativas que ponen en duda la seriedad de su gestión. ¿Qué mensaje recibe un jugador de 18 o 19 años cuando ve que los directivos de su institución son cuestionados por los órganos de control?
La respuesta no está en el campo de juego, aunque el partido de esta noche pueda ser emocionante. El Junior viene de una final de liga en la que goleó 3-0 al Atlético Nacional en Barranquilla pero perdió 1-0 en Medellín, quedándose con el subcampeonato. El Tolima, por su parte, cerró el semestre anterior con una derrota 0-1 ante el mismo Nacional y una eliminación temprana en Copa Libertadores. Ambos equipos tienen razones para querer empezar bien. Pero el fútbol colombiano necesita algo más que buenos resultados: necesita que sus dirigentes entiendan que el espectáculo no se sostiene solo con goles.
La guerra por los derechos de televisión es, en el fondo, una guerra por el modelo de negocio. Los ocho clubes que exigen un cambio en la repartición argumentan que generan la mayor parte de los ingresos y que, por tanto, merecen una porción mayor. Los demás clubes responden que esa concentración ahondaría la desigualdad y convertiría la liga en un torneo de dos velocidades. Ambos argumentos tienen algo de razón, pero ninguno resuelve el problema de fondo: la falta de un proyecto deportivo integral que vaya más allá de la próxima fecha.
El fútbol colombiano ha producido, en las últimas décadas, talento suficiente como para competir en las ligas más exigentes del mundo. Pero su estructura doméstica sigue siendo frágil, dependiente de la improvisación y de la buena voluntad de dirigentes que no siempre están a la altura. La sanción al Tolima no es un caso aislado; es parte de un patrón que incluye clubes intervenidos, deudas impagables y una Dimayor que a menudo parece más preocupada por el calendario que por la gobernanza.
El partido de esta noche en Ibagué será, con toda probabilidad, un buen espectáculo. El Junior tiene plantel para pelear el título; el Tolima, con un técnico nuevo y jugadores jóvenes, puede sorprender. Pero cuando el árbitro Alejandro Moncada pite el final, las preguntas seguirán intactas. ¿Cuánto tiempo más puede el fútbol colombiano sostenerse sobre la pasión de sus hinchas sin resolver las grietas que lo atraviesan? La respuesta, como casi siempre en este país, no está en el balón.