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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 22 jul 2026

El ciclismo colombiano ya no sueña con París y eso dice algo de nosotros

Bernal pelea fugas y Rubio y Tejada sobreviven lejos del podio: la etapa 17 del Tour confirma que Colombia pasó de protagonista a comparsa digna.

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El ciclismo colombiano ya no sueña con París y eso dice algo de nosotros — Deportes, ilustración editorial

¿Cuándo dejó el ciclismo colombiano de aspirar al maillot amarillo para conformarse con la honrosa mención del mejor clasificado? La pregunta no es retórica ni amarga; es la que flota sobre la etapa 17 del Tour de Francia, esa jornada de 174,7 kilómetros entre Chambéry y Voiron en la que Egan Bernal coronó primero la Côte de Saint-Jean d’Arvey, se metió en la fuga del día junto a Einer Rubio y, con todo, amanecía decimoquinto en la general, a 45 minutos de un Tadej Pogačar que parece correr otra carrera, en otro siglo, con otra física.

No se trata de menospreciar la jornada. Hay mérito genuino en lo que hizo Bernal: buscar la escapada, sumar puntos de montaña, mantenerse visible en una carrera donde el UAE Emirates-XRG ejerce un dominio que roza lo sofocante, con Pogačar líder e Isaac del Toro tercero, y donde Remco Evenepoel acaba de firmar su segundo triunfo consecutivo en la contrarreloj de Thonon-les-Bains. Harold Tejada también intentó su ventaja temprana junto a Max Walker e Ion Izagirre. Colombia estuvo en la carrera, sí. Pero estar en la carrera y disputar la carrera son verbos distintos, y hace una década los conjugábamos en presente.

Conviene recordar, sin nostalgia cursi, que entre 2013 y 2019 este país produjo dos ganadores del Tour —Nairo Quintana estuvo a nada, Bernal lo ganó— y un campeón del Giro y la Vuelta. Aquello no fue casualidad: fue la convergencia de una generación excepcional con estructuras que, pese a sus precariedades, supieron canalizarla. Lo que vemos ahora es otra cosa. Bernal, campeón nacional de ruta y mejor colombiano de la general, ocupa el puesto quince; Rubio, el vigésimo sexto; Tejada, el trigésimo noveno; Higuita, el cuadragésimo octavo. Son corredores sólidos, profesionales ejemplares en equipos de primer nivel. Lo que ya no son —y duele escribirlo— es candidatos.

El fenómeno tiene explicaciones materiales que no debemos eludir. El ciclismo contemporáneo se ha convertido en una carrera de armamentos donde los equipos con presupuestos gigantescos —el UAE es el caso canónico— concentran talento, ciencia deportiva y dominación táctica de un modo que recuerda la observación de Tocqueville sobre las aristocracias industriales: la competencia persiste, pero los ganadores se conocen de antemano. Pogačar no es solo un fenómeno; es el producto de un sistema. Frente a ese sistema, los equipos donde militan los nuestros juegan otro partido, y los corredores latinoamericanos llegan a ellos como piezas, no como proyectos.

Pero hay también una explicación nuestra, y aquí la columna debe ser incómoda. El ciclismo colombiano vive de la memoria y de la cantera espontánea, no de una política deportiva seria. Celebramos cada fuga como si fuera una victoria porque la infraestructura que debería producir victorias —ligas juveniles sólidas, velódromos, respaldo estatal estable que no dependa del vaivén presupuestal de cada gobierno— sigue siendo una promesa que se renueva cada cuatro años con el entusiasmo de la primera vez. El deporte, como la res publica, no se sostiene con héroes: se sostiene con instituciones. Los héroes pasan; las instituciones, cuando existen, producen más héroes.

Sería injusto, eso sí, no reconocer lo que esta generación aún ofrece. Bernal, tras el accidente que estuvo a punto de costarle la vida, compite con una dignidad que trasciende la clasificación. Que un hombre que debió reaprender a caminar corone primero un puerto del Tour es, en sí mismo, una lección sobre la condición humana que ni Pogačar con todo su palmarés puede impartir. Y el ciclismo latinoamericano en general —Carapaz llevándose la Côte de Rossillon, Del Toro tercero de la general— demuestra que la región sigue pariendo talento aunque sus países no lo merezcan del todo.

La etapa 17 terminará en Voiron con un ganador que probablemente no será colombiano, y el Tour se encaminará a su desenlace con Pogačar administrando su ventaja de cuatro minutos y medio. Los nuestros seguirán ahí, en la fuga o en el grupo, dignos y lejanos. La pregunta que queda no es deportiva sino cívica: ¿estamos dispuestos a construir lo necesario para que el próximo Bernal no tenga que ser un milagro? Porque un país que depende de milagros ya renunció, sin declararlo, a competir.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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