¿Qué le ocurre a una ciudad cuando su equipo de fútbol se convierte en el último de la tabla del descenso? La pregunta no es retórica ni menor. En Cúcuta, donde el fútbol ha sido históricamente un refugio frente a las adversidades económicas y sociales de la frontera, la caída 2-0 ante Fortaleza en el Metropolitano de Techo este sábado no puede leerse como un simple tropiezo deportivo. Es, más bien, la metáfora perfecta de una institución que ha perdido el rumbo, de una dirigencia que no encuentra respuestas y de una hinchada que asiste, impotente, al deterioro de uno de sus pocos símbolos colectivos.
El Cúcuta Deportivo, dirigido por Richard Páez, acumula ahora un promedio de 0.72 en la tabla del descenso, superado apenas por Jaguares (0.82) y Boyacá Chicó (0.86). Los números son fríos pero elocuentes: el equipo motilón no gana, no convence y, lo que es más grave, no transmite la sensación de que haya un proyecto detrás de los once jugadores que saltan a la cancha cada fin de semana. La derrota ante Fortaleza, un equipo que no conocía la victoria en el semestre, tiene un peso simbólico que va más allá de los tres puntos perdidos.
Hay algo profundamente injusto en el fútbol colombiano con los equipos de provincia. Mientras los grandes clubes de Bogotá, Medellín y Cali concentran recursos, patrocinios y atención mediática, equipos como el Cúcuta sobreviven en una precariedad estructural que no es solo económica sino también institucional. Tocqueville escribió que las asociaciones civiles son el alma de la democracia; en Colombia, los clubes de fútbol han sido históricamente una de esas asociaciones que dan sentido de pertenencia a comunidades enteras. Cuando un equipo como el Cúcuta se desmorona, no se desmorona solo una nómina de jugadores: se desmorona un pedazo de la identidad colectiva de una ciudad que ya ha sufrido demasiado.
El partido en Techo fue, según la crónica de La Opinión, un reflejo fiel de lo que es este Cúcuta: un equipo que propone, que genera ocasiones, que tiene momentos de lucidez, pero que carece de la contundencia necesaria para convertir el dominio en resultados. Jaime Peralta tuvo la más clara del primer tiempo, un mano a mano que el defensor Yesid Díaz despejó sobre la línea. Gustavo Torres y Léider Berdugo intentaron desde la distancia. Pero el fútbol, como la política, no premia las intenciones: premia los resultados. Y los resultados, en este caso, fueron dos golazos de Richardson Rivas que dejaron al Cúcuta noqueado.
Richard Páez, el técnico venezolano que llegó con la promesa de ordenar un equipo históricamente caótico, agotó sus cinco cambios en menos de diez minutos buscando una reacción que nunca llegó. Joao Abonía, Samir Mayo, Jader Manyoma, Dayan Pérez y Lucas Ríos ingresaron al campo, pero ninguno logró alterar el destino del partido. La sensación que queda es la de un equipo sin banco, sin alternativas, sin ese jugador diferente que en los momentos difíciles saca un conejo de la chistera. En el fútbol, como en la vida institucional, la profundidad del plantel es un reflejo de la profundidad del proyecto. Y el proyecto del Cúcuta, hoy por hoy, parece tener más preguntas que respuestas.
El próximo sábado 15 de agosto, el Cúcuta jugará su primer partido como local en el estadio General Santander ante Águilas Doradas. Será una prueba de fuego, no solo para el equipo sino para la hinchada. Porque hay algo que los dirigentes del fútbol colombiano parecen no entender: la paciencia de las hinchadas de provincia no es infinita. En Cúcuta, donde la crisis económica y la inseguridad han golpeado con especial dureza en los últimos años, el fútbol es una de las pocas fuentes de alegría colectiva que quedan. Cuando esa alegría se convierte en frustración recurrente, el daño no es solo deportivo: es social.
La historia del Cúcuta Deportivo es una historia de altibajos, de glorias efímeras y crisis prolongadas. Pero hay momentos en los que la caída parece no tener fondo, y este parece ser uno de ellos. El promedio de 0.72 en la tabla del descenso es una sentencia que se acerca con la inevitabilidad de un veredicto judicial. Si el equipo no reacciona pronto, si la dirigencia no toma decisiones drásticas, el Cúcuta podría volver a la segunda división, un lugar del que le costó años salir y al que nadie quiere regresar.
En su obra sobre la sociedad abierta, Karl Popper advertía que las instituciones no se sostienen por la buena voluntad de las personas sino por la solidez de sus estructuras. El Cúcuta Deportivo es una institución que ha carecido históricamente de esa solidez: dirigencias improvisadas, proyectos deportivos que cambian cada semestre, una relación tensa con la ciudad que alterna entre el amor incondicional y el abandono absoluto. La derrota ante Fortaleza es un síntoma, no la enfermedad. La enfermedad es estructural, y curarla requerirá algo más que un nuevo técnico o un par de refuerzos.
Los cucuteños merecen un equipo que esté a la altura de su historia y de su sufrimiento. Merecen una dirigencia que entienda que un club de fútbol no es una empresa cualquiera sino una institución social que tiene responsabilidades que van más allá del balance financiero. Y merecen, sobre todo, que alguien les diga la verdad: que el Cúcuta está en crisis, que el descenso es una amenaza real y que salvarlo requerirá un esfuerzo colectivo que incluya a la dirigencia, a los jugadores, a la hinchada y a las autoridades locales. El fútbol no es lo más importante de la vida, pero en ciudades como Cúcuta, donde la vida ha sido especialmente dura, el fútbol es una forma de resistencia. Y resistir, hoy, significa exigir más.
Fuente: La Opinión de Cúcuta