Hay despidos que son noticia y despidos que son síntoma. La salida de Richard Páez del banquillo del Cúcuta Deportivo, acordada de mutuo acuerdo según informó La Opinión de Cúcuta, pertenece a la segunda categoría. La pregunta que cabe formularse no es si el técnico venezolano merecía continuar —los números responden por sí solos—, sino qué dice de una institución deportiva cuando el cambio de entrenador se convierte en su única herramienta de gestión conocida.
Los hechos son escuetos y elocuentes. Veintiún partidos dirigidos entre Liga y Copa, tres victorias, nueve empates y nueve derrotas. Un promedio de 0.77 que deja al equipo motilón en la última casilla de la tabla del descenso. Páez se marcha junto a su asistente Jorge Durán, y la crónica local señala que no encontró los caminos para potenciar una nómina limitada. La frase merece una pausa: “nómina limitada” es, en el eufemismo futbolístico colombiano, la manera cortés de decir que el problema estructural precede al entrenador y probablemente lo sobreviva.
Tocqueville observó alguna vez que las instituciones en decadencia rara vez mueren por un golpe certero; se desgastan por la acumulación de pequeñas renuncias a la excelencia. El fútbol profesional colombiano conoce bien ese fenómeno. Equipos que cambian de técnico cada semestre, que fichan jugadores sin proyecto deportivo coherente, que confunden la urgencia con la estrategia. El Cúcuta Deportivo, club con historia y con una hinchada que ha soportado ya demasiadas temporadas de zozobra, parece atrapado en ese ciclo: la destitución como rito, el relevo como placebo.
Conviene ser justos con Páez. Un entrenador no fabrica jugadores donde no los hay, y tres triunfos en veintiún partidos pueden ser tanto el fracaso de un estratega como el techo real de un plantel armado con apuros. La nota de La Opinión menciona que el club acababa de anunciar su séptimo fichaje para la Liga II-2026, un defensor llegado desde Polonia, lo que sugiere una planificación hecha a retazos, a contrarreloj, más cercana al remiendo que al diseño. Cuando la plantilla se construye sobre la marcha, el técnico se convierte en el fusible que salta primero. Es la ley no escrita del fútbol: el entrenador es el único contrato que se puede romper sin pagarle a once jugadores.
Pero la justicia con el saliente no exime a la dirigencia. Aquí es donde la columna debe incomodar a todos por igual. Los directivos del fútbol colombiano —y el Cúcuta no es excepción— han perfeccionado el arte de la irresponsabilidad delegada: contratan al técnico, le entregan un equipo incompleto, le exigen resultados inmediatos y, cuando la tabla del descenso aprieta, lo sacrifican en el altar de la opinión pública. El promedio de 0.77 no es solo un número deportivo; es la radiografía de una gestión. Y esa gestión tiene nombres y apellidos que rara vez aparecen en los titulares de despedida.
El descenso, además, no es una tragedia exclusivamente deportiva. Para una ciudad como Cúcuta, golpeada por años de crisis fronteriza, migración masiva y estigmatización mediática, el equipo de fútbol es uno de los pocos símbolos de identidad colectiva que no ha sido capturado por la política ni destruido por la economía. Que el club se hunda en la tabla tiene un costo social que trasciende la cancha. Arendt escribió sobre la importancia de los espacios públicos compartidos para la vida comunitaria; un estadio lleno, un equipo competitivo, una hinchada con esperanza son exactamente eso: espacios donde la ciudadanía se reconoce a sí misma. Cuando el equipo fracasa temporada tras temporada, algo más que puntos se pierde.
No se trata de romanticismo. Se trata de entender que el fútbol profesional en Colombia opera bajo una lógica institucional que premia la miopía. Los clubes no tienen incentivos para planificar a largo plazo porque sus dirigentes responden a ciclos cortos, a presiones inmediatas, a la lógica del resultado de fin de semana. La Dimayor ha intentado —con éxito desigual— profesionalizar la gestión, pero la cultura del cortoplacismo sigue siendo dominante. El caso del Cúcuta es ilustrativo: un equipo que pelea el descenso con un promedio que asusta, que ficha jugadores de ligas remotas a mitad de temporada, que cambia de técnico cuando el daño ya está hecho.
¿Qué debería seguir? La respuesta fácil es un nuevo entrenador, y seguramente lo habrá en los próximos días. Pero la respuesta honesta es más incómoda: el Cúcuta Deportivo necesita una revisión de fondo que incluya su estructura administrativa, su política de fichajes, su relación con la cantera y, sobre todo, la rendición de cuentas de quienes toman las decisiones que luego otro paga en la rueda de prensa. Sin eso, el próximo técnico será apenas el siguiente nombre en una lista que ya es demasiado larga.
Los hinchas del Cúcuta merecen más que la esperanza renovada cada semestre. Merecen un proyecto. Y los proyectos, como sabía cualquier constructor romano, no se improvisan: se cimentan. Mutatis mutandis, lo que vale para la república vale para el club que la representa los domingos.