Los indicadores de cierre de la primera semana de julio de 2026 presentan una paradoja que debería preocupar a cualquier hacedor de política económica en Bogotá. Mientras la Tasa Representativa del Mercado (TRM) se ubica en $3.357 y el dólar spot cotiza por debajo de los $3.333, mostrando una fortaleza coyuntural del peso, la tasa de usura permanece anclada en 28,79%. Esta desconexión entre un tipo de cambio relativamente estable y un costo del crédito prohibitivo revela que la estabilidad cambiaria actual no está siendo suficiente para reactivar la demanda interna ni para reducir el riesgo percibido por el sistema financiero.
Para un país que depende de la importación de bienes de capital y de insumos agrícolas, un dólar por debajo de $3.400 debería ser una señal de alivio inflacionario. Sin embargo, con una tasa de intervención del Banco de la República estancada en 12,00%, la transmisión de la estabilidad externa hacia los bolsillos de los hogares y las empresas sigue bloqueada. La pregunta que surge al observar estos datos no es por qué se fortalece el peso, sino por qué el mercado interno no logra capitalizar esa ventaja.
La trampa de la tasa real
El problema central no es nominal, es estructural. Una tasa de usura cercana al 29% en un entorno donde la inflación ha venido cediendo implica que las tasas reales siguen siendo profundamente contractivas. Desde una perspectiva de mercado, esto es racional: los bancos están cubriéndose contra un riesgo soberano y regulatorio que no ha desaparecido, independientemente de la cotización diaria del billete verde. La desconfianza en la regla fiscal y en la dirección de la política económica actúa como un piso rígido para el costo del dinero.
Mientras Colombia mantiene este costo de financiamiento, nuestros socios comerciales operan en realidades distintas. El peso mexicano, que cotiza alrededor de 0,523 dólares, refleja una economía que, pese a sus propios desafíos, mantiene una integración productiva con Estados Unidos que le permite absorber choques con mayor resiliencia. La comparación es inevitable: la estabilidad del peso colombiano parece más un reflejo de flujos especulativos de corto plazo o de estacionalidad que el resultado de fundamentos macroeconómicos sólidos que justifiquen una baja sostenible en las tasas de interés.
Señales externas y vulnerabilidad andina
El contexto regional añade capas de complejidad a esta lectura. El bolívar venezolano registra una depreciación semanal superior al 2% frente al dólar, ubicándose en más de 668 unidades por billete estadounidense. Este deterioro constante en la vecindad inmediata recuerda que la estabilidad cambiaria en la región andina es frágil y que cualquier shock externo puede revertir rápidamente las tendencias actuales. Para Colombia, esto significa que la ventana de oportunidad que ofrece un dólar a $3.332 es temporal y debe aprovecharse con prudencia, no con euforia.
Por otro lado, el precio del oro superando los $4.174 por onza troy y el café manteniéndose por encima de los $316 centavos de dólar ofrecen un colchón a la balanza comercial. Estos precios sostienen el ingreso de divisas y evitan una presión devaluacionista inmediata. No obstante, depender de los commodities para mantener la estabilidad monetaria mientras la industria y el consumo se contraen por el costo del crédito es una estrategia de supervivencia, no de crecimiento. La OCDE y el FMI han advertido reiteradamente que la convergencia requiere inversión privada, y esta no llega con tasas de usura que rozan el 30%.
La tarea pendiente de la política económica
La señal que envían estos indicadores al gobierno y al Emisor es clara: la estabilidad cambiaria es una condición necesaria pero insuficiente. Si el Ejecutivo busca reactivar la economía, debe entender que el mercado no bajará las tasas por decreto ni por simple apreciación del peso. Se requiere credibilidad institucional, certidumbre jurídica y una senda fiscal creíble que permita al BanRep reducir la tasa de intervención con confianza.
Celebrar que el dólar baje 18 pesos en una semana mientras la tasa de usura asfixia al sector real es un error de diagnóstico. La fortaleza del peso es bienvenida, pero si no se traduce en menores costos de financiamiento para la producción y el consumo, será solo un dato estético en medio de una desaceleración persistente. La verdadera prueba de fuego para la economía colombiana en este segundo semestre de 2026 no será mantener el dólar bajo, sino lograr que la tasa de interés baje sin poner en riesgo la estabilidad que tanto ha costado conseguir.