¿Qué dice de un país la manera en que sus futbolistas se comportan cuando nadie en casa les está mirando con lupa? La pregunta parece exagerada para un partido de ronda previa de la Europa League disputado en Suiza, pero el deporte, como recordaba Ortega y Gasset al hablar de la vida, es una de las pocas actividades humanas donde el esfuerzo y el resultado se encuentran sin intermediarios. La noche en que el Benfica remontó al St. Gallen con un 5-0 que selló un global de 6-2 no fue solo una goleada portuguesa: fue también una pequeña ventana sobre el estado del fútbol colombiano en el mundo.
Los hechos, primero, porque la columna que no documenta es panfleto. Según la crónica de Infobae, Vangelis Pavlidis marcó cuatro goles y Clément Lenglet cerró la cuenta. Pero entre esos nombres europeos aparecen dos colombianos que no estaban de adorno. Richard Ríos, que se incorporó a los entrenamientos del club apenas el 27 de julio, entró al minuto 66 y siete minutos después provocó el penal que significó el cuarto tanto. Jhon Jáder Durán debutó oficialmente con la camiseta 22 al minuto 77 y estuvo cerca de marcar con un cabezazo que se marchó desviado. Detalles menores en una noche de fiesta lisboeta, dirá el escéptico. No lo son.
Hay una tradición en el análisis del fútbol colombiano que oscila entre dos excesos: la euforia mesiánica cuando un jugador brilla tres partidos, y el desprecio preventivo cuando emigra joven. Ambas son formas de pereza. Lo que el caso de Ríos y Durán sugiere es más interesante y más exigente: Colombia ha pasado de exportar promesas a exportar jugadores que llegan a clubes de primer nivel europeo con la expectativa de rendir de inmediato. Ríos no fue contratado como proyecto; fue integrado a un plantel que disputa clasificaciones europeas y que lo necesitó generando un penal en su primera intervención relevante. Eso es confianza institucional del club, y también es mérito acumulado del jugador.
El debut de Durán merece una lectura distinta, más cautelosa. El delantero llega al Benfica después de un periplo que ha tenido más titulares que continuidad, y su primera aparición oficial —trece minutos, una ocasión clara fallada— no autoriza ni el entusiasmo ni el diagnóstico funesto. Autoriza, eso sí, una observación sobre el oficio: los grandes clubes europeos ya no esperan a nadie. Que Durán haya tenido minutos en un partido que el Benfica necesitaba ganar para revertir un 2-1 adverso de la ida indica que el cuerpo técnico lo considera parte de la solución, no un fichaje de vitrina. La pelota, como siempre, dirá la última palabra.
Vale la pena detenerse en un punto que las crónicas deportivas suelen pasar por alto: el contexto competitivo. La Europa League no es la Champions, pero es el torneo donde los clubes de segundo escalón europeo se juegan la temporada entera, y donde los jugadores de selecciones como la colombiana construyen la reputación que luego se traduce en convocatorias, transferencias y jerarquía. Tocqueville escribió que las asociaciones son las escuelas de la democracia; mutatis mutandis, los clubes europeos son las escuelas donde el fútbol colombiano aprende oficio, disciplina táctica y manejo de presión. Lo que Ríos y Durán absorban en Lisboa no se queda en Lisboa: viaja con ellos cada vez que visten la camiseta amarilla.
Nada de esto debe leerse como unción. Colombia ha desperdiciado demasiados talentos como para celebrar debuts con fuegos artificiales, y la historia reciente está llena de delanteros que deslumbraron en agosto y desaparecieron en febrero. La prudencia es una virtud analítica, no un gesto de amargura. Pero tampoco es honesto ignorar que dos colombianos participaron activamente en una clasificación europea con un club histórico, uno generando un penal decisivo y el otro debutando en competencia oficial. En un país donde las noticias institucionales rara vez dan respiro, el fútbol sigue siendo, para bien y para mal, el espejo donde muchos prefieren mirarse.
Quizás la lección más sobria de la noche suiza sea esta: el talento colombiano ya no necesita ser descubierto; necesita ser sostenido. La diferencia entre una promesa y una carrera no la hace el debut, sino los cien partidos siguientes. Ríos y Durán tienen ahora lo que todo jugador pide —minutos, confianza, escenario— y lo que todo observador serio debe ofrecer a cambio: la exigencia paciente de quien sabe que el fútbol, como la res publica, se juzga por resultados acumulados, no por destellos. El Benfica clasificó. Los colombianos participaron. El resto, como siempre, está por escribirse.