¿Puede un campeonato de fútbol sostenerse sobre la sola pasión de sus hinchas mientras sus instituciones se desgastan en silencio? La pregunta no es retórica. Este sábado, en el estadio Manuel Murillo Toro de Ibagué, Deportes Tolima recibe a Junior de Barranquilla en la primera fecha de la Liga BetPlay del segundo semestre, una reedición de la final que coronó al conjunto tiburón. Sobre el papel, el menú es atractivo: el campeón defiende su corona en casa de un rival que estrena técnico, el bogotano Sebastián Oliveros, y que convoca por primera vez a un juvenil de sus inferiores, Santiago Urrutia. Pero quien mire con atención descubrirá que el partido de fondo no se juega en el césped, sino en los despachos.
Empecemos por lo deportivo, que es lo noble del asunto. Junior llega con la etiqueta de bicampeón y con una plantilla renovada en lo justo: sumó al argentino Francisco Fydriszewski y a Pablo Ortiz, y perdió a Lucas Monzón y Jhomier Guerrero. Su último antecedente competitivo es agridulce: un empate a dos goles ante Barranquilla FC en la Copa Colombia, con un penal fallado por el propio Fydriszewski que permitió la remontada rival. Tolima, por su parte, atraviesa una mutación más profunda. Las bajas de Lucas González, Juan Pablo Nieto, Juan Pablo Torres y Jersson González —dos de ellos, precisamente, los autores de los goles con que el Pijao venció 2-0 a Junior en enero pasado en Barranquilla— dibujan un equipo en reconstrucción. La apuesta de Oliveros por la cantera no es solo romántica: es una necesidad presupuestal disfrazada de proyecto.
Y aquí conviene detenerse, porque el caso Tolima es sintomático. Días antes de este debut, la Superintendencia de Sociedades impuso una sanción a directivos del club ibaguereño, un episodio que la crónica deportiva consignó con la naturalidad con que se anuncia una lesión muscular. Que un equipo de primera división arranque el torneo con sus dirigentes sancionados por el ente de vigilancia mercantil debería ser escándalo de portada; en Colombia es apenas un enlace relacionado. Tocqueville advertía que la salud de una democracia se mide en la calidad de sus asociaciones intermedias, esas instancias entre el individuo y el Estado donde se aprende el arte de la convivencia. Los clubes de fútbol son, en América Latina, la más poderosa de esas asociaciones. Cuando se degradan, no se degrada solo el espectáculo: se degrada un pedazo de la res publica.
El segundo frente de tormenta es económico. Mientras los equipos saltan a la cancha, persiste la puja entre la Dimayor y el llamado grupo de los ocho clubes grandes por el modelo de repartición de los derechos de televisión, con amenazas explícitas de paro. No es la primera vez, y no será la última, que el fútbol colombiano resuelve sus diferencias con el chantaje del calendario. El paralelismo con la política nacional es tentador y, en este caso, pertinente: actores que convierten lo extraordinario en moneda de cambio cotidiana, instituciones arbitrales débiles y un público que paga la fiesta sin ser consultado. Popper diría que las instituciones existen precisamente para que los malos acuerdos entre poderosos no arruinen a los demás. El fútbol profesional colombiano aún no ha construido esa institucionalidad; tiene, en cambio, una confederación de intereses con balón.
Sería injusto, sin embargo, no reconocer lo que funciona. El torneo arranca con estadios en condiciones razonables, con un Manuel Murillo Toro presentable, con transmisiones garantizadas y con una cantera que sigue produciendo: que un extremo de las inferiores debute contra el campeón es la clase de historia que justifica la existencia de las divisiones menores. Y Junior, hay que decirlo, ha sabido sostener un proyecto competitivo que lo llevó a la final de la Copa Sudamericana y a pelear torneos internacionales con presupuestos menores que los de sus rivales continentales. El mérito existe y conviene registrarlo, porque la crítica sin reconocimiento es solo resentimiento con buena prosa.
El fútbol es, en últimas, un espejo sin piedad. Un país que normaliza la sanción a sus dirigentes deportivos como trámite, que negocia sus derechos televisivos bajo amenaza de paro y que celebra los debuts juveniles como excentricidad y no como política, es un país que ha aceptado jugar siempre con el reglamento en revisión. Esta noche, en Ibagué, veintidós futbolistas disputarán tres puntos. La pregunta que queda flotando sobre el Manuel Murillo Toro es más incómoda: ¿cuántas fechas más puede durar un campeonato cuyas reglas de fondo nadie se toma en serio?