Una final de fútbol colombiano que debería haber sido noticia solo por el marcador terminó siendo testimonio de lo que pasa cuando la violencia entre aficionados entra a la cancha sin invitación.
Junior goleó 3-0 a Atlético Nacional el martes en Barranquilla, pero la victoria quedó en segundo plano. Durante el segundo tiempo, cuando faltaban unos 20 minutos, se registraron enfrentamientos en la tribuna norte del estadio Romelio Martínez. La Policía tuvo que intervenir. El árbitro detuvo el juego varios minutos. Videos de asistentes muestran riñas dentro de las graderías. Hasta la madrugada del miércoles no había balance oficial de heridos, detenidos o sanciones.
Lo que llama la atención es quién peleaba. Las autoridades habían prohibido el ingreso de hinchas de Atlético Nacional precisamente para evitar enfrentamientos entre barras. Sin embargo, según los reportes iniciales, los desórdenes ocurrieron entre grupos de aficionados del equipo local. Eso habla de un problema que va más allá de la rivalidad clásica: hay fragmentación y violencia dentro de la misma hinchada. Las autoridades aún no han dado detalles sobre qué originó las riñas ni quién fue responsable.
Los disturbios no terminaron en la cancha. Después del partido, la Policía intervino en varios puntos alrededor del estadio. Transmetro reportó daños a dos buses articulados y cerró anticipadamente su operación. Algunos de los desórdenes externos estuvieron asociados al consumo de bebidas alcohólicas durante el evento.
En lo deportivo, Junior llegó a la final de vuelta en Medellín el 8 de junio con una ventaja cómoda. Bryan Castrillón y Luis Fernando Muriel (con dos goles) definieron el primer tiempo. Atlético Nacional necesitará una remontada prácticamente perfecta para mantener opciones en su estadio.
Pero más allá del marcador está la pregunta incómoda: ¿cuándo el fútbol deja de ser excusa para que grupos violentos se enfrenten sin control? Que haya un dispositivo de seguridad importante y que aun así el partido tenga que suspenderse sugiere que el problema no es solo falta de recursos. Es también capacidad de gestión y, posiblemente, falta de consecuencias claras para los responsables.