¿Puede un partido de fútbol servir de tribunal donde las naciones juzgan su propia historia? La pregunta no es retórica cuando Francia y Marruecos se enfrentan este 9 de julio en Massachusetts, en los cuartos de final del Mundial 2026. Cuatro años después de aquella semifinal de Qatar 2022 —aquella noche de diciembre en Al Khor donde Theo Hernández y Randall Kolo Muani sellaron el 2-0 que envió a los marroquíes de vuelta a casa— el encuentro adquiere dimensiones que exceden lo meramente deportivo.
La Francia de Didier Deschamps llega con la parsimonia de quien sabe que los títulos no se ganan con elegancia sino con eficacia. La victoria 1-0 sobre Paraguay, con gol de penal de Kylian Mbappé al minuto 70, no entusiasmó a los puristas; sin embargo, los colombianos que sigamos el partido por Dsports, Gol Caracol o Fútbol RCN —a partir de las 3:00 p. m., hora local— sabremos que los torneos se ganan en los detalles. El historial reciente es elocuente: quince goles a favor y uno solo en contra en cinco partidos. No es belleza, es contención. Como escribía Tocqueville sobre las democracias, a veces la estabilidad se confunde con mediocridad hasta que se extraña su ausencia.
Marruecos, en cambio, representa algo que el fútbol mundial no había visto en décadas: la posibilidad de que una nación periférica altere el orden establecido sin recurrir a la violencia, sino a la disciplina colectiva. Los “Leones del Atlas” eliminaron a Canadá 3-0 con goles de Azzedine Ounahi —en doblete— y Soufiane Rahimi, en un partido donde Achraf Hakimi y Brahim Díaz demostraron que el talento migrante, cuando retorna a sus raíces, puede reconfigurar identidades. El empate con Brasil en fase de grupos y la eliminación de Países Bajos en penales no son anécdotas; son indicios de una estructura que resiste la presión de los favoritos.
El antecedente directo, aquella semifinal de 2022, funciona como memoria política en forma de resultado deportivo. Para Marruecos, no se trata únicamente de revancha: se trata de demostrar que el camino hacia la final no fue casualidad, sino el inicio de una transformación. Para Francia, defender el triunfo anterior es también defender una narrativa sobre la integración —Mbappé, hijo de camerunés y argelina; Kolo Muani, de origen congoleño— que en Europa resuena con tensiones que el fútico apenas disfraza.
El árbitro argentino Facundo Tello, designado para el encuentro, añade una ironía que no debería pasar desapercibida: una nación sudamericana, con su propia historia de frustraciones mundialistas, será quien imparta justicia en un duelo entre exmetrópoli y exprotectorado. El fútbol, en su aparente frivolidad, nos obliga a reconocer que las jerarquías del siglo XXI no han abolido las del XX; solo las han recodificado.
Los colombianos debemos observar este partido con atención que trascienda la apuesta o el aficionamiento. No porque carezcamos de equipos propios en la competencia —eso es evidente— sino porque la experiencia de Marruecos ofrece un espejo incómodo: ¿qué requiere una nación periférica para competir en igualdad de condiciones con las potencias establecidas? La respuesta parcial, al menos en el terreno de juego, parece ser una combinación de inversión institucional sostenida, aprovechamiento de la diáspora y —esto es lo más difícil de replicar— una idea colectiva de juego que supere las individualidades.
La tensión entre historia y redención que encarna este Francia-Marruecos no se resolverá en los noventa minutos del estadio de Massachusetts. Pero el resultado, cualquiera sea, alimentará una narrativa que los dos países contarán durante generaciones. Eso es lo que el fútbol mundialista sigue ofreciendo cuando no se degrada en espectáculo mercantil: la ilusión, quizás necesaria, de que los resultados deportivos pueden significar algo más que tres puntos o una eliminación.