¿Puede el fútbol, esa pasión que Tocqueville habría reconocido como asociación voluntaria por excelencia, convertirse en ejercicio de construcción institucional? La clasificación anticipada de Estados Unidos en el Grupo D del Mundial 2026, consumada con una victoria de 2-0 sobre Australia, sugiere una respuesta incómoda para quienes asocian el deporte nacional norteamericano exclusivamente con el espectáculo mercantil.
El equipo dirigido por Mauricio Pochettino no ganó con genialidades individuales deslumbrantes, sino con los atributos que los griegos llamaban sophrosyne: mesura, orden defensivo, efectividad en los momentos decisivos. Un autogol forzado al minuto 10, un segundo tanto antes del descanso, y después la administración metódica del resultado. Seis puntos, cero goles recibidos, liderato indiscutido. La democracia del balón, cuando funciona, no requiere caudillos.
Esta observación no es gratuita. Estados Unidos se convierte en la segunda selección anfitriona en asegurar octavos de final, junto a México. Canadá, la tercera sede, aún debe resolver su suerte. El dato interpela: ¿qué diferencia a las selecciones que consolidan ventajas institucionales de las que dependen de contingencias individuales? La pregunta, mutatis mutandis, atraviesa también el debate político continental.
Mientras tanto, en Santa Clara, Paraguay consumaba una victoria pírrica sobre Turquía. Matías Galarza anotó a los dos minutos; después, el equipo sudamericano resistió con diez hombres tras la expulsión de Miguel Almirón. La posesión turca alcanzó el 78%, los remates sumaron 32, pero la precisión —esa virtud que Popper habría vinculado con la responsabilidad epistémica— falló. Turquía quedó eliminada, uniéndose a Haití como las dos selecciones fuera de competencia.
La expulsión de Almirón merece pausa. Taparse la boca y dirigirse a un rival, gesto sancionado con roja desde esta edición del torneo, introduce una norma que los colombianos debemos observar con atención. ¿Se trata de una regulación razonable contra la discriminación, o de una ampliación jurisdiccional del árbitro que compromete la espontaneidad del juego? El dilema entre orden y libertad, tan caro a la tradición liberal hispanoamericana, se reproduce aquí en escala microscópica.
La tabla del Grupo D, con Estados Unidos en primer lugar con seis puntos y diferencia de +5, Australia y Paraguay empatados con tres unidades, y Turquía eliminada con cero, refleja una jerarquía provisional que la última jornada podría alterar. Pero lo relevante no es aritmético. Es que el anfitrión norteamericano, con Pochettino como director técnico argentino y un plantel sin figuras globales de primer orden, ha construido una selección que funciona como res publica: cosa pública administrada con criterio, no propiedad privada de talentos discontinuos.
Esto contrasta con otros modelos continentales que preferimos no nombrar en esta columna, pero que el lector reconocerá: selecciones donde la estructura depende de una estrella, una federación intervenida, una expectativa mediática que nunca se traduce en sistema. El fútbol, en su capacidad de metáfora social, premia a veces la institucionalidad que la política descuida.
No idealicemos: Estados Unidos organiza este Mundial con los recursos de una potencia económica y las tensiones propias de una sociedad fragmentada. Pero en el terreno de juego, al menos por ahora, ha demostrado que la suma de partes disciplinadas puede superar al todo desarticulado de nombres mayores. Australia, con tres puntos, aún aspira; Paraguay, con idéntico registro, depende de sí mismo. La incertidumbre deportiva, como la política, se resuelve en la arena, no en el pronóstico.
El cierre de esta fase de grupos nos dejará, esperamos, lecciones que trasciendan el balón. Mientras tanto, la pregunta permanece: si una nación puede organizar su fútbol con criterio republicano, ¿por qué tantas veces fracasa en organizar lo demás?