¿Para qué sirve un Mundial que se juega a tres horas de vuelo y en el que no participamos?
La pregunta no es retórica. Este lunes, en el SoFi Stadium de Inglewood, Irán y Nueva Zelanda inaugurarán el Grupo G de la Copa del Mundo 2026 mientras Colombia —ausente por tercer ciclo consecutivo— observa desde la tribuna mediática. La distancia geográfica es mínima; la institucional, abismal. Y esa tensión entre proximidad y exclusión define algo más profundo que una mera frustración deportiva: pone en evidencia el estado de nuestra res publica futbolística.
El partido en sí merece atención analítica, no sentimental. Irán, dirigida por Amir Ghalenoei, llega con una generación curtida: Mehdi Taremi y Alireza Jahanbakhsh representan la continuidad de un proyecto que, pese al aislamiento político de su país, ha logrado estabilidad técnica y presencia constante en los torneos de élite. Nueva Zelanda, por su parte, rompe una sequía de dieciséis años con una selección que confía en figuras como Chris Wood para competir contra la lógica de las potencias. Ambos equipos entienden algo que a Colombia se le escapa: la clasificación no es derecho adquirido, es resultado de instituciones que funcionan.
Aquí cabe una distinción que Tocqueville habría apreciado. Las democracias, decía, tienden a confundir la igualdad formal con la igualdad de resultados. En el fútbol colombiano ocurre algo análogo: confundimos la pasión popular —innegable, casi litúrgica— con la eficiencia institucional. La Federación Colombiana de Fútbol ha operado durante décadas como un feudo corporativo donde la transparencia es opcional y la meritocracia, retórica de conferencia de prensa. Cuando Karl Popper escribió sobre la sociedad abierta y sus enemigos, pensaba en instituciones que resisten la crítica; nuestra federación, mutatis mutandis, parece diseñada para anularla.
El contexto del Mundial 2026 agrava la reflexión. Es el primer torneo de cuarenta y ocho equipos, ampliado precisamente para incluir a naciones periféricas sin diluir la competencia de élite. Nueva Zelanda —con cuatro millones de habitantes y una liga semiprofesional— encontró el camino. Irán lo hizo bajo sanciones económicas que paralizan cualquier otra actividad internacional. Colombia, con trece veces la población de Nueva Zelanda, con una economía diversificada, con una liga que exporta talento a las cinco grandes ligas europeas, no pudo. La explicación no está en los jugadores, que abundan; está en la arquitectura institucional que los contiene o los desperdicia.
La transmisión del partido —disponible en DSports y DGO para los espectadores colombianos— añade una ironía que preferiría no señalar, pero el oficio me obliga. Pagaremos por ver a otros competir en un torneo que debería ser nuestro, financiando con nuestra suscripción la indiferencia de quienes administran el bien público del fútbol nacional. No es diferente, en su lógica estructural, de la contratación estatal que pagamos todos y disfrutan pocos: el servicio se presta, la cuenta llega, la rendición de cuentas nunca aparece.
Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, destacaba cómo la banalidad del mal operaba a través de funcionarios que no mentían deliberadamente sino que simplemente dejaban de decir la verdad. No comparo, claro está, la federación con regímenes totalitarios; pero sí recupero la categoría de banalidad institucional, esa capacidad de normalizar el fracaso como si fuerte meteorología inevitable. “No se pudo”, dicen. Como si Irán no jugara banco sanciones, como si Nueva Zelanda no hubiera reconstruido desde cero después de 2010.
El cierre de esta columna no puede ser optimista programado. No hay señales de reforma estructural en la federación, ni presión política seria —la de verdad, no la de tuits— para exigirla. El gobierno actual, con su retórica del “cambio”, ha mostrado la misma indiferencia funcional que sus predecesores: el fútbol no entra en el mapa de prioridades porque no entra en el mapa de votos calculados. Y la oposición, cuando gobernó, tampoco hizo la tarea.
Así que este lunes, a las ocho de la noche hora colombiana, algunos encenderemos la televisión para ver a Irán contra Nueva Zelanda. No por el partido en sí, que será probablemente correcto sin ser memorable. Sino porque, en algún rincón no confesado, seguimos buscando en el espejo ajeno una imagen de lo que fuimos y una pista de lo que, con instituciones diferentes, podríamos volver a ser.