¿Cuánto vale un recuerdo?
Hay preguntas que parecen triviales y que, sin embargo, abren una ventana sobre el estado de una civilización. ¿Cuánto cuesta asistir a la final de la Copa del Mundo? La respuesta, según reporta Caracol Radio citando a The Athletic, es que más que cualquier otro evento deportivo en la historia de Estados Unidos. Más que el Super Bowl. Más que las finales de la NBA. Más que el campeonato universitario de fútbol americano. La final entre Argentina y España, que se disputa en suelo norteamericano, ha pulverizado todos los récords conocidos, y lo ha hecho con la complicidad institucional de la FIFA, que decidió legitimar la reventa de entradas y llevarse el 15 por ciento de cada transacción, según reveló César Augusto Londoño en El Pulso del Fútbol.
Las cifras marean. Los precios de reventa oscilan entre los 7.000 y los 44.000 dólares, según el mismo reporte de Londoño citado por Caracol Radio. La entrada más cara supera los 140 millones de pesos colombianos. Para ponerlo en perspectiva: el salario mínimo mensual en Colombia ronda los 1.400.000 pesos. Un trabajador colombiano necesitaría más de ocho años de salario íntegro, sin gastar un solo peso en nada más, para comprar una sola entrada. Y ni siquiera la más cara.
La mercantilización del juego
No es nuevo que el fútbol sea un negocio. Lo que es nuevo, o al menos lo que ha alcanzado una escala sin precedentes, es la naturalización de ese negocio como condición misma del espectáculo. La FIFA no solo tolera la reventa: la institucionaliza, le pone sello legal y le cobra peaje. Es como si el Estado decidiera que el mercado negro de medicamentos es aceptable siempre que le pague impuestos. La analogía es imperfecta, por supuesto, porque nadie muere por no ver un partido de fútbol, pero ilustra la lógica: lo que antes era una práctica marginal y perseguida ahora es una línea de ingreso oficial.
Tocqueville observó en su viaje a Estados Unidos que los americanos tenían una tendencia natural a convertir todo en asociación y todo en empresa. Lo que no pudo prever es que esa tendencia, combinada con la globalización del deporte, produciría un fenómeno en el que el evento más popular del planeta —con 3.500 millones de seguidores, según World Population Review citado por Caracol Radio— se convierte en un espectáculo accesible solo para una élite económica minúscula. La democratización del fútbol como pasión coexiste con su elitización como experiencia presencial. Millones lo sufren por televisión; unos pocos miles lo viven desde la grada.
El parqueadero como metáfora
Quizá el dato más revelador no sea el precio de las entradas sino el de los parqueaderos. Según el mismo reporte de Londoño citado por Caracol Radio, estacionar cerca del estadio cuesta entre 200 y 300 dólares, casi un millón de pesos colombianos, y la FIFA también obtiene usufructo de ese negocio. Hay algo profundamente simbólico en que hasta el espacio para dejar el carro sea objeto de extracción de renta. Es la lógica del peaje aplicada a cada centímetro cuadrado del evento. Nada escapa a la monetización.
Popper escribió que la sociedad abierta es aquella en la que las instituciones permiten la crítica y la corrección. El fútbol, como institución global, se está cerrando: no en el sentido político, sino en el sentido económico. Cada vez es más difícil para el hincha común participar del ritual colectivo que da sentido al deporte. La grada, que fue durante más de un siglo el espacio donde clases sociales distintas compartían una emoción común, se está convirtiendo en un club exclusivo con lista de espera y precio de membresía.
Lo que el mercado no puede medir
Sería injusto, sin embargo, no reconocer que la demanda existe. Nadie obliga a nadie a pagar 44.000 dólares por una entrada. Que alguien lo haga revela algo sobre el valor que las personas atribuyen a la experiencia de estar presentes en un momento histórico. La final del Mundial no es solo un partido: es un acontecimiento que se recordará durante décadas, y quienes estén allí podrán decir que lo vivieron. Eso tiene un precio, y el mercado lo fija con una frialdad que puede resultar ofensiva pero que no por eso deja de ser real.
La pregunta que queda, y que no tiene respuesta fácil, es si el fútbol puede seguir siendo el deporte del pueblo cuando el pueblo ya no puede entrar al estadio. La respuesta probablemente sea que sí, porque la pasión no necesita boletería. Pero algo se pierde cuando la experiencia directa se reserva a quienes pueden pagar el equivalente a un apartamento en Bogotá por dos horas de juego. El fútbol seguirá siendo popular, pero cada vez más como espectáculo televisado y cada vez menos como ritual compartido. Y esa transformación, silenciosa y gradual, es quizá más significativa que cualquier resultado en la cancha.