Los organizadores del Mundial 2026 en Estados Unidos enfrentan una crisis logística incómoda: llegar a los partidos es cada vez más caro que la entrada misma.
Aficionados, gobiernos locales e incluso la FIFA han alzado la voz por los precios exorbitantes del transporte público hacia los estadios. El problema es estructural. Las ciudades anfitrionas no prepararon infraestructura suficiente para mover a decenas de miles de personas en días de partido, y las compañías de transporte aprovecharon para cobrar tarifas de emergencia.
Para quien no siguió el hilo: el Mundial 2026 será el primero con tres países anfitriones (México, Canadá y EE.UU.). En territorio estadounidense, la dispersión geográfica de los estadios agravó el problema. Un hincha que viaje desde el centro de una ciudad hasta un estadio en la periferia puede gastar 50, 60 o 70 dólares ida y vuelta en transporte privado. Los autobuses de la federación tienen capacidad limitada y también cobran.
La FIFA no esperaba esto. Cuando un torneo genera debates sobre accesibilidad antes de que empiece, la reputación del evento sufre. Las autoridades locales culpan a la federación por no exigir planes de movilidad previos. La federación culpa a los gobiernos por no invertir en transporte. Mientras tanto, el aficionado paga.
Lo interesante aquí es que el problema revela algo más profundo: en torneos globales, los costos ocultos recaen siempre en el consumidor final, no en los organizadores. Los estadios ya están construidos, los boletos ya se vendieron. El transporte era el último eslabón que nadie quería financiar de verdad.
Para el próximo torneo, esto será un precedente incómodo. ¿Quién financia la logística? ¿El Estado? ¿La FIFA? ¿El aficionado? La respuesta que salga de este debate en EE.UU. va a condicionar cómo se organicen los mundiales futuros.