La elección de Abelardo De la Espriella como presidente abrió, como era previsible, el ciclo de especulaciones sobre su gabinete. Lo publicado por La FM el 25 de junio (La FM) se limita a enlistar nombres que “suenan” y a recordar a los “fijos” del círculo cercano del electo. Esa sola descripción ya merece una lectura crítica.
Un gabinete no es una lista de afinidades. Es el instrumento por el cual un presidente ejecuta su programa, negocia con el Congreso y responde ante la ciudadanía por decisiones que afectan la contratación pública, la seguridad y las finanzas del Estado. Cuando a tres meses de la posesión los nombres que circulan son, en su mayoría, perfiles sin trayectoria pública verificable, la pregunta razonable es qué tipo de gobierno se está configurando.
Hay tres criterios que cualquier gabinete serio debería satisfacer, y que la nota de La FM no permite evaluar. Primero, idoneidad técnica: ministerios como Hacienda, Defensa, Salud y Minas requieren equipos con experiencia específica y conocimiento del aparato estatal. Segundo, equilibrio regional y político: un gabinete que desconozca las dinámicas territoriales difícilmente podrá ejecutar políticas públicas con legitimidad. Tercero, transparencia: los nombres deben estar expuestos al escrutinio público antes de la posesión, no después, cuando el Congreso ya no tiene margen real para objetarlos.
El gobierno entrante hereda, además, un contexto institucional deteriorado. La reforma a la salud, los cambios en el sistema pensional y la situación de orden público en varias regiones exigen ministerios técnicamente sólidos, no cuotas de cercanía personal. La experiencia reciente demuestra que los gabinetes definidos por lealtad política tienden a convertirse, en el mediano plazo, en el principal factor de bloqueo de un gobierno.
También preocupa el tono de la cobertura. La nota de La FM presenta a los eventuales ministros como una mezcla de figuras “fijas” y nombres que simplemente “suenan”. Esa manera de informar reduce un asunto de Estado a un ejercicio de rumores. Los medios tenemos la responsabilidad de exigir hojas de vida, declaraciones de bienes y antecedentes públicos de quienes aspiran a manejar ministerios. No hacerlo es contribuir a la opacidad.
De la Espriella tiene derecho a elegir su equipo. Pero la ciudadanía tiene derecho a saber a quién. Si los nombres que hoy circulan son los definitivos, el nuevo gobierno arranca con una debilidad autoinfligida: la de no haber construido, antes de la elección, un gabinete mínimamente conocido. Esa opacidad previa no es un detalle. Es la primera señal de cómo se ejercerá el poder.