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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 15 jun 2026

El Mundial que ya no vemos en comunidad

La atomización de las pantallas fragmenta el ritual republicano del fútbol, y los colombianos debemos preguntarnos qué perdemos.

El Mundial que ya no vemos en comunidad — Deportes, ilustración editorial

¿Cuándo dejó el Mundial de ser un acontecimiento público para convertirse en una experiencia privada, dispersa en plataformas y horarios que obedecen más a la lógica del mercado que a la del encuentro ciudadano?

La jornada del 15 de junio de 2026 ofrece un cuadro elocuente. España debuta contra Cabo Verde a las once de la mañana en Bogotá; Bélgica y Egipto se enfrentan a la una; Uruguay presenta su candidatura ante Arabia Saudita a las cinco; e Irán cierra ante Nueva Zelanda a las ocho de la noche. Cuatro partidos, cuatro franjas horarias, cuatro oportunidades de conversación nacional. Y sin embargo, la pregunta no es solo cuándo vemos, sino cómo vemos —y con quién.

Hace una generación, el televisor de tubo en la sala de la casa reunía a la familia, al edificio, a la cuadra. El Mundial operaba como una especie de res publica doméstica: el espacio común se extendía desde la plaza pública hasta la mesa del comedor. Hoy la oferta se ha multiplicado —Caracol, RCN, DGO, cada espectador con su propia pantalla y su propio horario de consumo— y con ella se ha diluido aquella simultaneidad que constituye el núcleo de cualquier ritual colectivo. Hannah Arendt, en su análisis del espacio público, distinguía entre la vita activa y la mera actividad: la primera exige presencia, visibilidad, reconocimiento mutuo. La segunda puede realizarse en soledad, sin testigos, sin memoria compartida. El fútbol, en su versión más valiosa, pertenecía a la primera categoría.

No se trata de nostalgia tecnológica. La transmisión por streaming y la multiplicidad de canales democratizan el acceso, ciertamente. Un campesino del Cauca con un smartphone puede ver el mismo partido que un ejecutivo de Bogotá con tres pantallas en su apartamento. Pero la democracia del acceso no garantiza la república del diálogo. Tocqueville observaba en la América del siglo XIX que la igualdad de condiciones, llevada al extremo, tendía a aislar a los individuos en círculos privados cada vez más estrechos. El fútbol mundialista, precisamente por su capacidad de trascender esos círculos, funcionaba como antídoto ocasional contra esa tendencia central de la democracia moderna.

El caso de Nueva Zelanda ilustra, mutatis mutandis, esta transformación. Su selección llega al torneo con una visibilidad inédita, pero no por sus méritos deportivos previos —es apenas su tercera participación— sino por la viralidad de un jugador, Tim Payne, cuya popularidad en redes sociales supera, según reporta Bloomberg Línea, a la población de su propio país. La anécdota es simpática; la estructura que revela, inquietante. La fama ya no depende del desempeño colectivo ni del contexto institucional, sino de la capacidad de un individuo para capturar la atención fragmentada de la economía digital. Payne no es conocido porque Nueva Zelanda juegue bien; Nueva Zelanda es conocida porque Payne resultó mediáticamente rentable.

Uruguay, por su parte, mantiene una tradición que los colombianos debemos observar con atención: la continuidad de una identidad futbolística construida desde la escuela, desde el barrio, desde una concepción del deporte como pedagogía cívica. Su presentación ante Arabia Saudita no es un mero trámite deportivo; es la renovación de un pacto generacional. Bélgica y Egipto representan, en contraste, dos modelos de inversión estatal en el fútbol que divergen radicalmente: el primero, descentralizado y asociado a la inmigración; el segundo, centralizado y sujeto a las fluctuaciones políticas del régimen. España, finalmente, llega con la carga de una generación dorada que ya se desvanece, y con la pregunta de si su modelo de canteras puede reproducirse sin las condiciones sociales que lo hicieron posible.

La escuadra iraní, calificada en la fuente como “controvertida”, merece una pausa aparte. No es el deporte el que genera la controversia, sino su instrumentalización por un régimen que utiliza la participación internacional como herramienta de legitimación. Los colombianos, que hemos sufrido en carne propia la politización del fútbol —recuérdese el nacionalismo futbolero de ciertas épocas—, debemos ser sensibles a esta distinción. Reconocer los méritos puntuales de una selección no implica legitimar al poder que la envía.

Al cierre de esta jornada, cuando Nueva Zelanda e Irán apaguen las luces del estadio, millones de colombianos habrán visto los partidos. Pocos habrán visto los mismos partidos, a la misma hora, con las mismas personas. La pregunta que dejo planteada no tiene respuesta fácil: si el fútbol mundialista deja de ser un acontecimiento común para convertirse en consumo individualizado, ¿qué otro espacio nos queda para ejercer, aunque sea por un mes cada cuatro años, esa república imaginada que los partidos en la plaza simbolizaban?

Fuente: Bloomberg Línea

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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