¿Qué lección nos deja una eliminación que se decide en el milímetro de un poste?
La Selección Colombia completó en Vancouver una actuación mundialista que, leída con frialdad, supera el umbral de lo meramente aceptable. Primeros en el Grupo K, clasificación ajustada a Ghana en dieciseisavos, y luego los 120 minutos de paridad ante Suiza que terminaron en la lotería de los penales. La historia registra que Dávinson Sánchez estrelló su cobro en el palo y que Juan Camilo Hernández vio atajado el suyo. El 4-3 final en favor de los helvéticos cierra un capítulo, pero no justifica —como ya sucede en las redes— la metamorfosis del deporte en tribunal de culpas.
Hay algo de la cultura política latinoamericana que se filtra, mutatis mutandis, al análisis deportivo: la urgencia por personificar el fracaso, la tentación de reducir un proceso colectivo a la responsabilidad individual del último ejecutante. Tocqueville observó en la democracia estadounidense una paradoja similar: la glorificación y el castigo simultáneos del individuo, como si la multitud pudiera lavar sus manos en la figura aislada. Colombia no perdió por un palo. Colombia perdió porque durante ciento veinte minutos no logró traducir su posesión —cuando la tuvo— en diferencia en el marcador, porque el sistema de generación de juego mostró límites estructurales ante un rival organizado, porque el fútbol, en su diseño institucional, permite que la justicia del resultado se suspenda en favor de la ruleta emocional de los penales.
Néstor Lorenzo armó un equipo competitivo. Eso debe reconocerse sin reticencia, aunque el gobierno del día no sea de nuestro agrado —o quizás precisamente porque el deporte de selecciones trasciende los ciclos políticos. James Rodríguez, sustituido en el minuto sesenta y seis, no pudo imponer su visión; Luis Díaz, efectivo en la tanda, estuvo contenido durante el juego; la defensa, sólida en términos generales, no cometió el error que suele costar caro en eliminatorias. Y sin embargo, el cero a cero persiste como el vacío que el balón no supo llenar.
La pregunta que merece la pena formularse no es quién debe cargar con la culpa, sino qué instituciones —en sentido amplio, res publica incluida— permiten que un país con el talento individual de Colombia siga dependiendo de la lotería para avanzar en instancias decisivas. La comparación con Argentina resulta incómoda pero necesaria: el mismo día, la albiceleste remontó ante Egipto y se instaló en cuartos. La diferencia no siempre radica en los nombres de los jugadores; a menudo, en la densidad de una estructura que sostiene la presión del momento.
Arendt escribió sobre la banalidad del mal; en el deporte, quizás debamos hablar de la banalidad del azar. No es que el azar sea injusto: es que su irrupción final —el palo, el atajada— nos obliga a confrontar la precariedad de todo esfuerzo humano organizado. El atleta profesional vive en la tensión permanente entre la preparación racional y la entrega al contingente. Sánchez no falló por negligencia; falló porque el fútbol, en su dimensión penal, reduce la complejidad táctica a una acción de segundos donde el cuerpo responde —o no— a la presión.
Los colombianos debemos, me parece, resistir la tentación del escarnio público. La oposición al gobierno no justifica la oposición a los propios representantes deportivos; la crítica institucional no se confunde con el linchamiento individual. Cuando el Presidente celebra o lamente —según le convenga— los resultados de la selección, está cometiendo el mismo error que criticamos: instrumentalizar lo colectivo en clave personal. El deporte de alto rendimiento merece análisis, no adhesión ni repudio ciego.
Suiza avanza. Colombia observa desde la orilla cómo otros disputan lo que pudo ser. El ciclo de Lorenzo continúa, y con él la pregunta no resuelta: ¿hasta cuándo un país con esta capacidad de producción de talento seguirá dependiendo de la estructura improvisada, del momento individual, del palo que vibra en dirección contraria?
El silencio del estadio después de un penal fallado tiene la misma textura que el silencio de una democracia que no sabe procesar la derrota. No se trata de no sentirla. Se trata de no dejar que el sentimiento sustituya al juicio.