Una encíclica papal sobre inteligencia artificial que no es un ataque a la tecnología, sino un llamado a no perder la humanidad en el camino. Eso es lo que plantea León XIV en un documento que llega en medio de la carrera global por el control de los sistemas de IA.
La encíclica no rechaza la tecnología como enemiga. Al contrario: reconoce que puede aliviar sufrimientos y abrir posibilidades. Lo que cuestiona es la deshumanización que ve avanzar cada día. El punto central es claro: necesitamos un código ético compartido sobre IA, pero uno que no sea redactado por un puñado de corporaciones o gobiernos. Aquí está el nudo.
Jairo Mejía, columnista de El Pilón, resalta lo que otros ya habían advertido: la IA puede imitar y simular, pero no posee conciencia moral, empatía ni capacidad relacional. Por eso el reclamo es por sobriedad y vigilancia en su desarrollo. También por educación de usuarios, marcos jurídicos claros y supervisión independiente. Lo que importa es quién decide qué es “ético” en una máquina que toma decisiones sobre créditos, justicia, salud y empleo.
El llamado es ambicioso: que la humanidad siga siendo dueña de sus herramientas y no al revés. Que el diálogo multilateral y la justicia social guíen el desarrollo tecnológico. Que la corresponsabilidad y la subsidiariedad—conceptos católicos clásicos—marquen el rumbo. En tiempos de zozobra, es un recordatorio de que no todo lo que se puede hacer debe hacerse sin antes preguntarse quién gana y quién pierde.