¿Qué queda del individualismo cuando once hombres organizados lo niegan todo? El fútbol, ese espejo deforme de las naciones, nos obliga a pensar esta pregunta con cierta periodicidad. Este martes en Boston, Marruecos le dio una respuesta provisional a Francia, y Kylian Mbappé, el jugador que más se parece a la idea que tenemos del genio contemporáneo, erró desde los once metros.
La metáfora política es casi obligatoria, pero no por eso menos precisa. Tocqueville observó en la democracia norteamericana una tensión entre la libertad individual y la necesidad de asociación. En el Estadio Boston, la selección marroquí —comandada por Achraf Hakimi, hijo de inmigrantes, formado en Madrid, leal a una causa que no es exactamente la de su nacimiento— representó algo que el fútbol europeo ha olvidado con demasiada frecuencia: que once individuos con un plan pueden neutralizar a once talentos sin dirección.
Mbappé, por su parte, encarna la contradicción del héroe moderno. Es el atleta más valioso del planeta, el rostro de un mundial que Estados Unidos y México intentan vender como espectáculo global, y sin embargo falló donde menos se lo esperaba. No fue una mala ejecución técnica; fue, quizás, el peso de una expectativa que el individuo no puede sostener solo. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, advertía contra el culto al líder salvador. El penal detenido por Bono, el arquero marroquí, funcionó como una objeción práctica: ni siquiera Mbappé escapa a la contingencia.
El partido, en sí mismo, no fue memorable en su desarrollo. Un 0-0 en cuartos de final suena a frustración para quienes esperan goles. Pero la resistencia marroquí tiene su propia estética, una que los colombianos de cierta edad reconocemos: la de quien sabe que no puede dominar el juego pero se niega a perderlo. Es la misma lógica de quienes, en el terreno institucional, resisten con normas lo que otros intentan resolver con fuerza bruta.
Francia, campeona vigente, ahora deberá reconstruir su estrategia para el partido de vuelta. La pregunta no es solo futbolística. Es cómo una nación que se jacta de su sistema de formación —la academia de Clairefontaine, el modelo republicano de integración— enfrenta la evidencia de que el sistema, por excelente que sea, no garantiza el resultado. Los franceses tienen en Mbappé a un jugador que podría ser rey; lo que no tienen, al menos por ahora, es una corona asegurada.
Marruecos, en cambio, juega con otra clase de presión. No es la de la obligación, sino la de la oportunidad histórica. Para una selección africana, llegar a semifinales sería un evento que trasciende el deporte. Sería, en el lenguaje que Arendt reservaba para los momentos en que lo inesperado irrumpe en la historia, un acto de natalidad política: la aparición de algo nuevo en un mundo que creía conocer sus jerarquías.
El deporte, claro está, no decide nada definitivo. Pero a veces, en su dramaturgia reducida, nos permite ver tensiones que la política diluye en discursos. El talento contra la organización. La estrella contra el equipo. La expectativa contra la realidad. Mbappé falló, Marruecos resistió, y el mundial sigue abierto. Eso, en un torneo que muchos temían predecible, ya es una lección modesta pero necesaria.