La publicación en Truth Social donde Donald Trump otorga su “respaldo completo y total” a Abelardo de la Espriella no es un gesto protocolar ni una cortesía diplomática. Es una señal de política exterior que trasciende la coyuntura electoral del 21 de junio y reconfigura, de facto, los términos de la relación entre Bogotá y Washington. Para un analista de riesgo político y de relaciones hemisféricas, este mensaje debe leerse menos como una pieza de campaña y más como un adelanto de la condicionalidad que podría marcar la próxima administración bilateral.
Desde Bucaramanga, y con la perspectiva que da observar las dinámicas regionales fuera del centralismo bogotano, es evidente que este respaldo tiene implicaciones técnicas inmediatas. Trump no solo elogió al candidato; vinculó explícitamente su eventual victoria con el acceso al apoyo estadounidense en materias sensibles: narcotráfico, migración, comercio y orden público. Esto sugiere que la cooperación futura no será automática ni basada únicamente en tratados de Estado, sino que podría estar sujeta a una alineación política personalista. Es un cambio de paradigma respecto a la tradición institucionalista que ha regido la alianza estratégica durante décadas.
La condicionalidad como nueva norma
El lenguaje utilizado por el mandatario estadounidense es preciso en su vaguedad estratégica. Al prometer “todo el apoyo y la fuerza de Estados Unidos” si gana De la Espriella, se establece implícitamente que ese respaldo podría no tener la misma intensidad bajo un gobierno diferente. En el mundo de la consultoría de riesgo político, esto se traduce en una prima de incertidumbre para los inversionistas y para la planificación estatal a largo plazo.
La relación Colombia-Estados Unidos se ha caracterizado históricamente por ser una política de Estado, blindada de los vaivenes electorales en ambos países. El Tratado de Libre Comercio (TLC), la cooperación antinarcóticos y los programas de asistencia militar han sobrevivido a cambios de signo político en la Casa Rosada, en el Palacio de Nariño y en el Capitolio. Sin embargo, cuando un líder extranjero condiciona la relación bilateral a la victoria de un candidato específico, se erosiona esa estabilidad. Para la región andina, donde la seguridad jurídica y la previsibilidad son activos escasos, esta personalización de la diplomacia es un factor de riesgo que los mercados y las cancillerías vecinas ya están calculando.
No se trata de juzgar la legitimidad del candidato ni la conveniencia de su plataforma. Se trata de entender que, si la cooperación en seguridad y comercio pasa a depender de la afinidad personal entre mandatarios, la política exterior colombiana pierde su autonomía técnica. La lucha contra el crimen transnacional y la integración comercial requieren continuidad burocrática, no solo voluntad política. Un acuerdo de extradición o un protocolo fitosanitario no pueden estar sujetos al estado de ánimo de una red social.
Soberanía, pragmatismo y escepticismo necesario
Como atlantista y defensor del libre comercio, celebro cualquier acercamiento que fortalezca los vínculos con Washington y Bruselas. La alianza con Estados Unidos es fundamental para la seguridad nacional y el desarrollo económico de Colombia. Pero precisamente por esa convicción, debo ser escéptico ante intervenciones que, aunque favorables a un candidato afín, pueden debilitar la institucionalidad que hace sostenible esa alianza en el tiempo.
Existe una diferencia sustancial entre el apoyo a un proceso democrático y la injerencia en su resultado. Cuando el respaldo externo se formula en términos de “nosotros contra ellos”, se importa una polarización que no necesariamente refleja la complejidad de la realidad colombiana. El electorado nacional tiene sus propias dinámicas, sus preocupaciones locales y sus mecanismos de decisión que no son meros reflejos de la política estadounidense.
Además, hay que ser cautos con la retórica. Promesas de apoyo “completo y total” suenan bien en un mitin, pero en la mesa de negociación de Washington suelen traducirse en exigencias concretas: metas de erradicación, compromisos arancelarios o ajustes regulatorios. Quien reciba ese respaldo debe tener claro que vendrá con facturas técnicas y políticas. La experiencia regional nos enseña que los cheques en blanco de la geopolítica rara vez se cobran sin contraprestaciones que, a veces, tensionan la gobernabilidad interna.
Más allá del 21 de junio
Independientemente de quién ocupe la Casa de Nariño después del domingo, la tarea será la misma: despersonalizar la relación bilateral y devolverla al cauce institucional. Si gana De la Espriella, deberá demostrar que su afinidad con Trump se traduce en beneficios tangibles y estables para Colombia, no solo en fotos para las redes sociales. Si gana su contendor, deberá gestionar la relación con pragmatismo, entendiendo que la alianza con Estados Unidos es un activo estratégico que no puede sacrificarse en el altar de la ideología.
Para nosotros, desde la perspectiva regional y analítica, el mensaje de Trump es un recordatorio de que la política exterior colombiana necesita madurar. No podemos seguir siendo receptores pasivos de señales externas, ni permitir que nuestra relación más importante dependa de la química personal entre líderes. La fortaleza de la alianza atlántica reside en sus instituciones, en sus tratados y en su capacidad de sobrevivir a los individuos. Cualquier cosa que ponga en riesgo esa base institucional debe ser observada con cautela, incluso cuando venga envuelta en un respaldo entusiasta.
La Bitácora ha defendido siempre la importancia de la relación con Washington y el valor del comercio internacional como motores de desarrollo. Pero defender esa relación implica también protegerla de los excesos retóricos y de la volatilidad personalista. El verdadero atlantismo no es adhesión ciega, sino construcción institucional sólida. Y eso es lo que está en juego, más allá de los hashtags y los epítetos de campaña.