¿Qué nos enseña una competencia cuyo premio mayor es el olvido casi inmediato? Hoy, en algún estadio de Norteamérica, Francia e Inglaterra juegan por el tercer puesto de la Copa del Mundo, y la pregunta no es quién ganará, sino por qué seguimos programando estos partidos que los jugadores no quieren jugar y que los aficionados apenas recuerdan.
La tradición del partido de consolación, heredada de los Juegos Olímpicos de inicios del siglo XX, sobrevive en el fútbol con una lógica que ya no alcanzamos a justificar del todo. No hay medalla de bronce que valga la pena en un torneo donde solo el campeón figura en la memoria colectiva. Y sin embargo, ahí estarán Kylian Mbappé y compañía, y los ingleses de Thomas Tuchel, cumpliendo con un trámite que la FIFA mantiene por razones más comerciales que deportivas.
Didier Deschamps cierra hoy su ciclo de catorce años al frente de Les Bleus. La cifra es imponente: 187 partidos, un título mundial en Rusia 2018, una final perdida en Catar 2022. Su legado está asegurado, pero el contexto lo desdibuja. ¿Cómo despedirse en un partido que ni siquiera le interesa a quien lo juega? La pregunta, claro, no es solo deportiva. Tocqueville observó en La democracia en América que las sociedades modernas tienden a reducir todas las actividades a su utilidad inmediata. El partido por el tercer puesto resiste esa reducción por pura inercia institucional, no porque alguien haya logrado explicar por qué sigue existiendo.
Del lado inglés, la herida es más fresca. Perder una semifinal que se tenía ganada, como ocurrió contra Argentina, produce un daño distinto al de una derrota temprana. La expectativa construida y luego demolida deja un rastro más duradero que la eliminación sin aspavientos. Tuchel, que asumió el cargo con la promesa de romper el maleficio de medio siglo sin títulos, ahora debe reconstruir la moral de un grupo que sabe que la historia solo registrará que no llegó a la final. Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal; el fútbol nos ofrece ocasiones para reflexionar sobre la banalidad del tercer lugar, esa condición intermedia que no premia ni consuela.
No todo es insignificante, sin embargo. Para los jugadores jóvenes, el partido ofrece minutos en una cancha mundialista. Para las federaciones, ingresos televisivos que no desprecian. Para los entrenadores, una última oportunidad de probar esquemas antes de la siguiente competencia. La utilidad existe, pero es residual, circunstancial, nunca esencial. El problema es que seguimos llamándolo “partido por el tercer puesto”, como si el ordinal tuviera algún sentido deportivo real, cuando lo que verdaderamente ocurre es un acto de clausura administrativa con balón.
Francia llega con siete victorias consecutivas previas a la caída ante España, seis de ellas por diferencia de dos o más goles. Inglaterra arrastra la maldición de haber perdido sus dos anteriores partidos por esta instancia. Los datos, como suele suceder en estas ocasiones, iluminan poco. El fútbol no es matemática acumulativa; cada partido es un universo cerrado. Que Francia haya goleado a rivales menores en fase de grupos no dice nada sobre su capacidad de motivación hoy. Que Inglaterra tenga antecedentes negativos no determina su rendimiento actual. Popper nos enseñó a desconfiar de las predicciones históricas; el deporte, con su aleatoriedad constitutiva, confirma esa desconfianza.
El verdadero interrogante que deja este Mundial no es quién terminará tercero. Es si el formato de treinta y dos equipos, con su fase de grupos dilatada y sus eliminatorias cada vez más impredecibles, no ha terminado por devaluar la propia noción de candidato. Francia e Inglaterra llegaron como favoritas y se van antes de la final. No son casos aislados: el torneo moderno premia la regularidad defensiva sobre el brillo ofensivo, la organización colectiva sobre el talento individual. El resultado es un fútbol más parejo, más democrático en cierto sentido, pero también más homogéneo, menos capaz de producir los enfrentamientos memorables que justifican la expectativa.
Deschamps se irá con o sin victoria. Tuchel, probablemente, seguirá. El tercer puesto pasará a las estadísticas, a esos cuadros que nadie consulta salvo los historiadores del dato. Y nosotros, los espectadores, seguiremos preguntándonos por qué miramos algo que sabemos irrelevante. Quizás la respuesta esté en que el ritual importa tanto como el resultado. O quizás, más simplemente, no hay nada mejor en la televisión un sábado de julio.
Lo que quedará, en cualquier caso, es la imagen de dos selecciones que soñaron con el máximo y se conforman con el casi. No es una tragedia griega, pero tiene algo de lección menor sobre los límites de la ambición humana: incluso los mejores proyectos fallan, y el mundo sigue girando con un partido de consolación que nadie pidió y todos, de alguna manera, necesitamos.